Wednesday, December 19, 2012

Encuentro imaginario en París con Martín Caparrós

(2012)

Recién leía Una luna, de Martín Caparrós. Éste narraba, en uno de los capítulos del libro —su hiperviaje un momento en el que estaba en el metro de París y decía que, en vez de unir, el metro separa, porque todo el montón está ahí abajo mientras que los demás están ahí arriba.
Entonces me imaginaba una situación en la que entraba en el metro, en París, en cualquier estación que a usted se le ocurra, y encontraba a Caparrós hablando con dos personas. Luego hacían un silencio largo y yo me daba media vuelta (porque estaba de espaldas a ellos) y me ponía a hablarles, sin dejarles meter bocado empezaba a decirles cosas, pero más que nada le hablaba a Caparrós. Le decía:


      Vos sabés qué raro todo esto. Hace un tiempo yo estaba en Madrid, estaba leyendo en una librería y empezó a caer gente, toda de la tercera edad, con excepción de algún jovencito amigo de o pariente de, etcétera, y resulta que empiezan a presentar un libro y yo me quedo un poco para ver qué decían, porque me gusta la literatura aunque me aburra un poco en las presentaciones de libros así porque yo quisiera ver jóvenes, que haya mujeres, claro, imagináte, cualquier reunión social es aburrida si no hay mujeres. La cuestión es que yo me decía, qué bueno que aquí esté Javier Reverte yo había leía Vagabundo en África, y me imaginaba que me lo encontraba—; entonces salgo de la librería porque me aburre presenciar el momento en que los escritores se adulan mutuamente, me parece una pérdida de tiempo, vos sabés, entonces salgo a caminar y llego después de 20 minutos a otra librería que me gusta mucho que se llama La Buena Vida. Cuando estoy por entrar veo el cartel de novedades que dice que habría una charla con Javier Reverte incluido, pero me equivoqué en la fecha, ya había sido, miro de nuevo y descubro que era hoy, que había terminado seguramente poque había empezado hacía dos horas, pero entré a la librería igual porque por ahí lo encontraba, y ahí estaba el tipo, un señor de casi 70 años tomando un vino y picando jamón serrano con sus colegas, cinco o seis como mucho. Entonces me le acerco y, sorprendido por la coincidencia porque la providencia me había enviado a Reverte cuando yo lo imaginaba entro en un estado de nerviosismo típico de un pibe de 10 años que ve a Messi y le pide un autógrafo de la mano del padre. No pude articular bien las palabras, el tipo me quiso hablar, sacar un pequeña conversación, muy relajado el tipo, pero no hubo caso, yo estaba nervioso y ahí mejor no entrar.
Y hoy me pasó lo mismo, salgo, me pongo a leer no se qué y me descubro recordando el primer y único libro tuyo que leí, Una luna, y recordaba cuando decías que el metro de París separa en vez de unir, porque los de arriba están arriba y los de abajo ya sabés, entonces se abre la puerta del vagón y te veo a vos hablando con ellos dos y digo, no puede ser, y algo en mí salió a la superficie y empiezo a hablarles, y ahora estoy acá hablándoles, fueron muchas palabras para llegar desde aquella anécdota de Reverte hasta el ahora que es donde inicialmente nos encontramos, vos con esa mirada de otro siglo y yo con estas palabras que fluyen no sé cómo. Y ahora me acuerdo que mientras leía tu libro pensé que era tan fácil escribir —qué equivocado estaba, que tu prosa era tan simple que me permitía pensar sin divagar en sujetos y predicados y el adjetivo de la puta que los re mil parió, y recuerdo que en un momento me puse a mirar tu fotografía del libro y pensé qué pasaría si no tuvieras bigotes, qué agregaría a tu carácter, qué quitaría, y si el carácter estaba realmente metido en la estética, pero quién sabe, yo no paro de hablar, vos estarás pensando que lo que te digo es largo y aburrido y yo pensando que vos en realidad venís de otro lado, que es el mismo que el mío, que vos sos argentino, que plantaste un limonero y que decís la palabra pelotudo varias veces en tu libro, entonces esa simpleza que no es tan simple me permite y me permitió en su momento escribir así, sin tapujos, sin pensar en cómo debía escribir, que sólo debía escribir y listo, es tan fácil, vos pensás algo o no, pero vas y lo escribís en tu cuaderno o en tu bloc de notas o en tu ordenador portátil. No hay que pensar que una palabra queda mal porque vos le das la música del pensamiento a lo que escribís. Paul Auster dice que la escritura es una forma menor de la danza, y cuánto hay de cierto en eso, o tal vez no, pero no importa, o sí, porque lo que realmente importa es que  vos pensás lo que pensás y escribís lo que escribís y lo demás se puede caer que a vos te resbala como el agua que resbala por las hojas hasta hundirse en la tierra, como diría Cortázar. Deberían leer sus poemas, un gran poeta además de excelente cuentista y novelista y ensayista y todo, porque Cortázar podrá haber sido muchas cosas en su vida pero sí aseguro que era un escritor con todas las letras. Y bueno, un gusto, Martín Caparrós, señor Caparrós, Don Martín, escritor, ídolo, dueño de un bigote para el recuerdo y una prosa para copiar. Gracias, Martín, por permitirme entender que la escritura es muchas cosas y que entre ellas ser simple, ser uno mismo, es mejor que cualquier otra cosa. Y… bon sejour en France!

Le decís a Martín Caparrós cuando las puertas del vagón se cierran y él da media vuelta, levanta la mano pero no pronuncia palabra alguna. Un breve adiós de alguien que no dijo nada, sumido en el silencio, tal vez impedido de hablar debido a mi largo recorrido por los desvanes de la palabra mientras el vagón del metro nos llevaba por el subterráneo de París, separándonos de los de arriba, claro está.

Friday, December 14, 2012

Homenaje a Paloma

(2012)


Las siguientes palabras están dedicas a Paloma, profesora de Yoga de Madrid.

Llegué yo a Madrid a finales de 2009 con la esperanza intacta de una nueva vida en Europa y las ganas de probar nuevas cosas. Había conocido el yoga años atrás, pero nunca había hecho Bikram Yoga. La sede de Barquillo, en Madrid, fue el sitio de mi bautismo. Y entre los profesores del estudio, estaba Paloma.
Ella fue, junto con otras tres chicas, mi profesora de yoga los meses que practiqué Bikram. En nuestros pocos encuentros fuera de la clase, no cruzamos más que breves palabras, alguna anécdota, alguna risa relajada. Nada más.
Antes de ayer, mi compañera en esta vida me contó la noticia.

—Paloma murió hace diez días.

Fue una noticia inesperada, incomprensible, al menos para mí. Cómo era posible que una mujer de su edad, cómo era posible que ella, cómo era posible, cómo. Pero sucedió, y esa amarga certeza de saber que no hay nada que uno pueda hacer para evitar ciertas cosas en la vida me llenó de impotencia.
Hoy abrí mi mail y encontré la noticia de parte de Lucía, la directora del estudio, que habría una clase y un homenaje en nombre de Paloma. Fue entonces que las siguientes palabras comenzaron a brotar, solas, libres, silenciosas. Esta poesía esta dedicada en memoria de Paloma.



Homenaje a Paloma

Paloma se fue
Un día de otoño y de frío.
Y sin embargo dejó en este mundo
El color de su presencia,
La extraña música de su ausencia.

En su vuelo cotidiano
Inhaló el aire de los mortales,
Elevó sus brazos al cielo profundo,
Juntó las manos en el pecho abierto,
Y cantó su oda de despedida,
Con los pies enraizados como un árbol
Y la mirada vuelta en su propia mirada
Enhebrando un horizonte desconocido.

Paloma se fue,
Como un ave migratoria que busca su rumbo,
Para enseñarnos que no se ha ido,
Que quien parte también se queda,
Que quien queda también se parte.

Altiva, orgullosa y humilde
Como las secuoyas de California,
Paloma atravesó el viento feroz de la vida
Para quizás migrar y curar sus heridas,
Y dejar tras de sí, en este mundo,
El calor de su existencia.

Saturday, November 3, 2012

Canciones hechas con barro

         (2012)

Todo nos demuestra que debajo de los párpados los ojos se consumen en sueños irrefrenables, que consiguen mantener su rumbo sin necesidad de control. La ceguera no nos permite ver, o eso dicen. Porque con solo mantener los ojos cerrados todo cierra, todo cobra otro matiz.
¿Quién puede decirnos qué está bien y qué está mal?




A la memoria de Luis Alberto Spinetta
y  dedicado a mi amigo desde siempre Matías De Brasi


En sueños voló alto sobre bosques de terciopelo y de almendra.
El aroma de la albahaca, el sabor del cilantro y del ámbar
En las palabras desnudas, deshilachadas
Palabras que el viento arrastró.

El idioma es un ave de mil colores,
Que sobrevuela parajes desiertos,
Bocas como cajones lleno de cosas viejas
Los pies hundiéndose en el barro.


Y en el barro,
Invisible barro nunca tierra seca,
Nunca desesperanza de un mañana mejor,
Inventó canciones ingobernables.

En sueños voló alto un cóndor
Aterciopelado y esquelético.
Eligió una planta entre todas las plantas: la canción,
Y fue desmenuzando sus hojitas pecaminosas
Bajo los robles del mañana.

Juntó un cubo con vidrios rotos
Echó luces y acordes eléctricos.
Nadie lo entendió
En su idilio de ave migratoria.

Sin embargo siguió el camino del justo.
No perdió la inocencia de las palabras.
No fusiló inocentes en pesadillas de Gisbert,
Ni atormentó las voces que descansan
En el umbral de la inocencia.
No olvidó que hay madres que lloran eternamente
Con sus pañuelos cubiertos de pólvora y olvido.

Abrió de par en par las puertas y las ventanas
De su casa hecha de barro y de música,
De su vida, las hojas de su esperanto.
Libró a los perros y a los elefantes
De las jaulas del bajo Belgrano.
Y corrigió a las mentes desoladas
Que construyen sus nidos
En los mastines de barcos marginados.

Wednesday, September 5, 2012

El día en el calendario


(2012)

El comentario de Cimbalina, relacionado con la última publicación del blog, no me deja indiferente.

Tengo en mi casa un calendario que marca cada día de cada mes la fecha de nacimiento de un escritor célebre. Es un calendario literario. El día anterior a leer el comentario de Cimbalina descubrí, en el calendario que cuelga en una de las paredes del salón, que Julio Cortázar había nacido un 26 de Agosto. No quedé boquiabierto al descubrir que, como bien dice Cimbalina, publiqué Cortázar en Mendoza Capital el mismo día de su nacimiento. No lo sabía y su descubrimiento fue una suerte de sorpresa que me deparó una gran alegría. Acá habría que empezar a hablar de casualidad o causalidad, pero no importa qué es. Hoy no busco un por qué. Solamente me alegro de que se haya dado tal coincidencia, si es que las coincidencias existen, etcétera. En fin, lo considero mi regalo a Don Julio Cortázar, cómplice literario, en su nonagésimo octavo cumpleaños.

Sí, definitivamente queremos tanto a Julio.

Sunday, August 26, 2012

Cortázar en Mendoza Capital


(2012)

Hace varios años me fui a de viaje al noreste de Argentina. Recorrí  Tucumán, Salta, Jujuy. Mendoza capital fue la última ciudad de ese viaje. Estaría 11 horas allí esperando un autobús que me lleve de regreso a Buenos Aires. Nunca hubiese imaginado que en una pizzería vería a Cortázar.

Las 11 horas se sucedieron con calma. Recorrí la ciudad a pie, sin peso en la espalda gracias a que había dejado la mochila en un guarda equipaje de la estación de autobuses. Me sentía contento después del gran viaje que había realizado y la ciudad me envolvía con su encanto ameno y soleado de Febrero.

Era verano, y la gente se movía con ese aire entre desenvuelto y retraído de los días calurosos. Sin embargo, el olor de los neumáticos de los coches que pasaban por las avenidas revelaba el rechazo que siento por el caucho y el cemento.

Después de un tiempo de andar a la deriva, me senté en las mesas de una pizzería, al aire libre, en una vereda cubierta por la sombra de árboles altísimos. Los transeúntes pasaban sin cesar, se cruzaban, se chocaban, se miraban. Pedí al camarero dos porciones de pizza y fainá y una cerveza. En la mitad de la primera porción, tres personas se sentaron dos mesas más allá. Llamaba la atención un hombre que no llegaba a los 30 años, más bien relleno, con tatuajes y remera negra sin mangas con inscripciones de rock. Me daba la espalda. Junto a él, una mujer, de la misma edad, con un aire similar, también de espaldas. Cortázar estaba entre los dos, de frente a mí.

Al principio, como sucede en este tipo de momentos indescriptibles, no lo reconocí. Estaba demasiado inmerso en la mozzarella que se me escapaba de la boca. Fue después de tomar un trago de cerveza, al apoyar el codo en la mesa, que mis ojos quedaron a la altura de su rostro.

Un tipo como Cortázar, alto, con su rostro lampiño y sus ojos separados como dos polos opuestos es fácilmente reconocible. A pesar de mi repentino descubrimiento, de mi gran sorpresa, no lo dudé. No era culpa de la cerveza. Sólo había bebido dos tragos. Cansancio al punto de tener visiones, tampoco sentía. Digamos que estaba más bien relajado cuando lo reconocí. Está claro que ver a Cortázar veinte años después de su muerte forma parte de un proceso de locura repentina, de pura imaginación, de simple  ilusión.

En aquel entonces yo leía mucho a Cortázar. Había leído varias biografías.  Supe que a sus veintitantos años había sido asignado profesor de la Universidad de Cuyo, cargo que ocupó un par de años hasta que, por desavenencias con el peronismo, renunció. Eso había sido entre el año 44 y el año 46. Me incliné por la matemática, y funcionó a la perfección.

Cuando había estado en la Universidad de Cuyo, Julio Cortázar tendría unos 30 años (nació en 1914). Allí conoció a una chica, la besó, pero una noche de descuido esa chica quedó embarazada. Pongamos por caso que fue en el 45. Tuvo un hijo, un pequeño Julio. Llamémosle Julio II. En 2003, Julio II cumplió 58 años. Veintiocho años antes, ese Julio II tuvo un hijo, otro Cortázar, el nieto del escritor: Julio III. En 2003, ese muchacho, Julio III, tendría 28 años de edad. Ese mismo muchacho es el que yo vi en una pizzería de Mendoza, junto con sus dos amigos de más o menos la misma edad.

Una alucinación, seguramente. Sus libros siempre se caracterizaron por la fantasía que nace en las redes de la cotidianeidad. Como dije, en aquel momento leía mucho sus libros. No sería raro que sus cuentos me hayan influenciado, que hayan conseguido que yo busque presencias inauditas en sitios de lo más cotidianos. Todos tenemos nuestros momentos, nadie se salva de errar hasta en los instantes de mayor lucidez. No hay que exagerar. Los hechos me demostraron que frente a mí había un Cortázar, no el escritor que todos conocemos, eso sí que hubiese sido maravilloso, sino un Cortázar diferente, alguien que poseía, naturalmente, sus mismos gestos, su físico, sus facciones, y ese aire de bohemia y humo que siempre envolvió al escritor.

Ustedes, lectores, querrán saber, quiero imaginar, que lo peculiar de todo este tema es que Cortázar nunca tuvo hijos. Ahí reside lo curioso de aquella aparición.

Tuesday, July 24, 2012

Homenaje a Amelia Earhart

En el 115 aniversario de su nacimiento.




(2009)

Cuna de alas que se estropean sin descanso
Con la marcha inalterable del tiempo,
De ojos como entes omnipresentes.
Donde se esparcen pequeños árboles estáticos
Contra horizontes insólitos de sombras inconmensurables.

En el aire hay también un puerto
Y hay aves y nubes y distancia.
Humo de hélices en el viento,
Memoria de estelas imperceptibles:
Las huellas innúmeras del género humano.

Aroma de sales etéreas
Caída, vértigo, augurio, abatimiento.
Despertar hacia propias esencias ocultas
Y aprehender ese destello fulgurante
Que ofrecen las pasiones primarias.

Puerto de almas que sueñan en secreto:
Una mujer es una casa
Con hogar a leña y plantas y jueves
Y el anhelo íntimo de alcanzar en soledad
Las arenas insoslayables de la existencia.

Sunday, June 3, 2012

Cigarrillos

Fumé mi primer cigarrillo a los 11 años en la casa de mi mejor amigo de la escuela. Además de él y yo, los verdaderos impulsores de aquella aventura tabacalera, había tres o cuatro chicos más que habían venido con el mismo objetivo: fumar un cigarrillo que mi amigo había conseguido y que guardaba sobre el armario de su pieza, al que sólo se podía llegar subiéndose al escritorio. Bajó el paquete de Le Mans medio arrugado y sacó el primer cigarrillo que todos miramos y olimos con ansias de probar el sabor humeante de lo desconocido.

No sé quién fue el primero en encenderlo. Al probarlo, recuerdo haber sentido el gusto pastoso característico de esos cigarrillos horribles que fumé durante algunos años más sólo porque a mi madre no se le había ocurrido mejor idea que encariñarse con esos cigarrillos de segunda categoría pero cuyas publicidades lo hacían parecer como los cigarrillos más deseables. Recuerdo todavía el lema de sus publicidades: “Le Mans, compañero de emociones”. Luego, agradecería a mi madre haber cambiado los Le Mans por los Marlboro Light. La diferencia era abrumadora. Esa primera tarde, fumamos varios cigarrillos, naturalmente sin tragar el humo, degustando más el sabor al descubrimiento de lo desconocido que a los cigarrillos mismos.


Con el tiempo, me atreví a más. Una tarde, unos dos años después, nos escondimos, con otro amigo, en el sitio donde se guardaba el polvo de ladrillo de las canchas de tenis del club al que acudíamos. Era verano. Allí, abrimos una caja de Marlboro etiqueta roja y, uno a uno, empezamos a fumarlos tragando el humo inocentemente. Al quinto o sexto cigarrillo, ya estaba tan mareado que tuve que salir del escondrijo y tirarme al pasto bajo los árboles para poder respirar. Me daba vueltas la cabeza de tal manera que estuve así un buen rato. Al recuperarme, prometí no fumar más. En ese entonces, no sabía yo, todavía, que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra: a la semana estaba fumando en ese mismo sitio los Marlboro que había robado a mi madre a lo largo de la semana.


Hoy en día, lo tengo tan claro que antes de hacer algo me lo pienso dos veces, recordando esas tardes de cigarrillos y mareos bajo el sol.


http://www.dailymotion.com/video/xmcriz_publicidad-cigarrillos-le-mans-1989_shortfilms

Saturday, April 7, 2012

Postales II

(2012)

Desde mi primera experiencia en el exterior, descubrí sin sorpresa que me gusta enviar postales. No sé por qué. Debe ser una de esas cosas que a uno le apetece hacer. Será tal vez un pasatiempo, o las ganas de compartir con la gente querida lo que el espacio y el tiempo no nos permiten compartir. Será que me gustan sellos de otros países o dejar las postales en buzones extranjeros. Tal vez me gusta la síntesis que aplicamos en esos mensajes con sabor a nostalgia. Lo más probable es que sean todas esas razones, entre otras tantas, las que me hacen elegir una postal, escribir unas líneas pensando en la persona a la que le voy a enviar dicha postal, regresar a casa a buscar la dirección de fulanito, volver a la calle y caminar hasta el estanco más cercano para comparar una estampilla, humedecerla con la lengua, pegarla en la esquina derecha, lo más arriba posible, dirigirme al buzón más próximo y arrojar la postal no sin antes darle un beso de buena suerte, como si ese beso fuese el símbolo más eficaz de lo que significan las postales para mí.

Tuesday, April 3, 2012

Hit the road, Jack

(2012)

Jack Kerouac
12/03/1922 – 21/10/1969


Recuerdo el momento en el que abrí el libro En el camino por primera vez. Vivía con mi familia en un departamento del conurbano bonaerense. En el último piso del edificio, estaba la terraza. En la terraza, al dueño de cada departamento del edificio le correspondía un baulera, un cuarto pequeño con olor a humedad y a trastos viejos lo más parecido a un ático sin ventanas. Allí, entre sillas viejas, sombrillas y reposeras de playa con restos de arena seca, candelabros y vajillas viejísimos y cucarachas muertas panza arriba, había también cajas con libros. Casi todas, si no me equivoco, pertenecían a mi abuelo, heredadas por mi madre. En una de esas cajas descubrí, con asombro, el libro en cuestión. De amarilla tapa dura, perteneció a mi abuelo materno "El Negro" José Eduardo.

El mundo exterior que percibimos es el reflejo de lo que sentimos. En aquél entonces tenía yo 18 años. Era la época del descubrimiento del mundo exterior. Yo lo sentía así, pero al mismo tiempo buscaba algo dentro de mí. Muchas de las cosas que buscaba se sucedían entre las páginas de los libros que leía. Jack Kerouac fue un descubrimiento fascinante para mí. Sus palabras resumían mi manera de sentir la vida en aquél entonces. En el camino me demostró que se puede viajar con los bolsillos ligeros, con la mochila económica y con el alma llenándose del camino bajo inmensos cielos cambiantes. La realidad es el entorno que nos creamos para nosotros mismos. El trabajo y las obligaciones forman parte de esa realidad de manera implícita. La realidad sin la fantasía carece de sentido, de placer. Cuando viajábamos con mis amigos a la costa atlántica, yo lo vivía como un viaje de dentro hacia fuera. El día en que ascendimos el Cerro Uritorco, en Capilla del Monte, yo sentía que subía peldaños que me acercaban a las nubes y me depositaban en la tierra con el alma agradecida y el cuerpo liberado.

Me interioricé con los idilios de la Generación Beat. Leí a Gisnberg y a Burroughs, conocí algunos poemas de Ferlingetti, y seguí leyendo a Kerouac: Los vagabundos del Dharma, Los subterráneos.

Con el tiempo, fui descubriendo otros autores. Cambié. Y, con los cambios, cambiaron a su vez las lecturas, y los cristales de las ventanas de la Generación Beat fueron empañándose poco a poco. Hace poco intenté, sin éxito, leer Big sur y La vanidad de los Duluoz. No pude pasar de las 30 páginas en ninguno de los dos libros. Intenté releer En el camino otra vez, pero corrió la misma suerte: a las pocas páginas, lo cerré. La influencia de Kerouac en mi vida es similar a la que, tiempo después, tendría Cortázar. Hoy pienso que estos dos autores tenían algo en común: el sentido del movimiento continuo, que se hacía visible en sus prosas, con esa cadencia propia del jazz en uno y el vagabundeo por las rutas desnudas en el otro. Creo que ahí residía mi debilidad por su escritura (la de ambos).

En el fondo, presiento, sé que en algún momento releeré En el camino. ¿Cuándo? No lo sé. Es una certeza que no me es posible explicar. De alguna manera, siempre regresamos a aquellas cosas que nos alegraron, que inspiraron nuestras vidas, que nos dieron razones para sonreír. Y aunque todavía no sea el momento de hacerlo, aunque mi relación con Kerouac se haya desgastado un poco, como lo hacen todas las amistadas a distancia, le dedico estas palabras el día de su nacimiento, hace ya 90 años. À ton santé!

Nota: Vean este video de Jack Kerouac recitando un extracto de En el camino: http://www.youtube.com/watch?v=QzCF6hgEfto

Friday, March 9, 2012

Postales

(2012)

A Matías y Daniela

Una pareja viajó a la Patagonia. Durante sus vacaciones, acariciaron otra vida. El tiempo libre, los cielos abiertos, la inmensidad de montañas inconquistables. Cada sitio, cada aroma, el contacto con la tierra abrió viejas ventanas interiores, conquistó nostalgias, sosegó heridas.

En todo ese tiempo, la pareja recordó que no hay crimen más grande que el olvido. Por eso, y porque la amistad desconoce de fronteras, decidieron enviar postales. Se detuvieron en los pequeños comercios de los pueblos del interior del país y buscaron una postal, y luego otra. Así, a lo largo de los caminos que recorrieron, fueron enviando postales a sus amigos. Una postal para cada persona entrañable. Entre ellos, estrella afortunada, estaba yo.

Sin embargo, mi postal no me llegó con un sello del correo argentino. No la encontré en mi buzón de la calle Atocha. No me la entregó un cartero apurado. Mi postal viajó en el bolso de una mujer, envuelta en un sobre marrón. La hermana de uno de ellos, de viaje por Europa junto con dos amigas, ofició de mensajera. De su pequeña mochila extrajo, con la humildad de quien sabe lo que acaece, un sobre y una cajita blanca, ambas con mi nombre y apellido inscrito en letra imprenta.

Abrí los regalos en casa, después de oficiar de guía turístico para la mensajera y sus amigas. En el sobre marrón, dos extraordinarios dibujos surrealistas de mi amigo. En la cajita blanca, un espléndido vitraux hecho por su muchacha. Y claro, también estaba la postal. De una cara, mostraba el Lago Verde del Parque Nacional de los Alerces en la Patagonia. Del revés, un mensaje corto pero eficaz, de esos que se quedan con uno para siempre.

“Un bello paisaje, de esos que llenan los pulmones y el alma. Viajó conmigo miles de kilómetros desde la Patagonia. Ahora viaja unos cuántos más hacia vos.”

Un mensaje corto pero eficaz, uno de esos mensajes que trazan el recorrido en el terreno sin horizontes, en el mapa sin límites de la amistad.

Friday, March 2, 2012

Los ojos

(2012)


Hoy seré subjetivo. Los ojos es una obra de teatro hecha a mí medida. Dos mujeres, madre e hija, Natalia y Nela, argentinas, viven en un pueblito del norte de España. La hija está de novia con un hombre español, Pablo, ciego de nacimiento. El conflicto se genera, aparentemente, cuando una médica española convence Pablo de que puede curarlo, de que puede ver. Y digo aparentemente, porque el conflicto ya está presente desde el comienzo de la obra, el conflicto que significa vivir lejos de la tierra madre, del amor que perdimos, del amor que podemos perder.
Una obra profundamente bella, por la veracidad de sus personajes, la eficacia de los diálogos, de los conflictos que cada uno de esos personajes sufre. Todo cierra en un círculo perfecto. Nada queda velado para los sentimientos. La vida está ahí.

Friday, February 24, 2012

Primavera salvaje

(2009)

Una cúpula se forma con las manos
Acoge la llama del fuego anónimo
Marea de aromas que se elevan sigilosos
Desde los vértices ardientes de una esquina desolada

Quizás en busca de un pasaje hacia otra zona
Más afable, más dulce, más candente
El ígneo deseo ignorado naufragaba
En las aguas desorientadas de la inocencia

Reminiscencias bruscas de una primavera salvaje
Traspasan la espesura pringosa de los años,
El nacimiento de símbolos vestales
En el útero sangrado de sombras diáfanas

Máscaras concebidas en el núcleo de nubes circulares
Bajo la lumbre segregada de lunas ciegas
En ciclos constantes que el intelecto no adivina:
Signos elocuentes en los contornos de tu lengua

Quizás en busca de un paisaje, de otra región
Más abierta, más feroz, más pedregosa
Ensueño de caminantes que renuncian
Al templo profano de las formas

Thursday, February 9, 2012

Juventud

(2012)

Juventud es una novela con tinte autobiográfico del escritor sudafricano Coetzee, ganador del Premio Nobel de Literatura. Relata la historia de un joven de 20 años que busca su lugar en el mundo. Con una prosa armónica y una conciencia metafísica del mundo, con preguntas filosóficas propias de un escritor con letras mayúsculas, el libro no dejará a nadie indiferente. Uno se sentirá reflejado en el personaje, sentirá que las experiencias que éste vive en su interior uno ya vivió en aquella época donde todo resultaba una novedad, el mundo era un irreverente remolino de ansiedades y no había rey que abaratara la voluntad divina de cambiar ese mundo. Los invito a acercarse a este libro y dejarse llevar por el encanto de esta gran pluma sudafricana.

Saturday, February 4, 2012

El Príncipe de las Mareas

(2012)

El hombre se interroga pero Dios decide
cuándo matar al Príncipe de las Mareas



Les voy a contar una pequeña anécdota relacionada con este libro. Me referiré a cómo lo conseguí y por qué hay todavía lugar para la esperanza, por qué podemos todavía creer en la bondad de los hombres.

Hace dos meses fuimos a ver una obra de teatro a una sala pequeña llamada El Caldero de Oro, frente al río Manzanares. En el descanso de la obra, nos sentamos en una de las mesitas a beber una cerveza. Al lado nuestro, contra la pared, había una hilera de libros que formaban una pequeña biblioteca. Entre ellos estaba El príncipe de las mareas.

Movido por una repentina curiosidad, leí la primera página. El tono de la primera página de cualquier libro nos indica lo que sucederá después. Esa primera página me atrapó por su narración musical y poética a la vez.

Días después de aquella noche, decidí buscar ese libro: quería leerlo. Los impulsos no nos definen, pero indican en qué frecuencia estamos. Ese impulso me dominó hasta convertirse en un deseo. Pero ese deseo se veía frustrado día tras día al recibir negativas constantes en librerías y páginas de Internet. El libro no se editaba más. No estaba en ningún lado. Nadie lo tenía, nadie lo vendía. Ni siquiera en las páginas de libros usados estaba. Nada.

Con la motivación de conseguirlo, decidí probar en el único lugar en el que sabía que lo tenían: el teatro El Caldero de Oro. Llamé a la tarde siguiente.

No lo vendemos, pero puedes pasarte y te lo prestamos a modo de consigna, me dijo la persona que atendió el teléfono.

Decidido a conseguirlo, dos noches después fui al teatro. El empleado de turno, el mismo con el que había hablado por teléfono, me dijo que lo llevase y se lo devolviera cuando lo terminara.

Mi primera reacción resultó ser amarga: fue el fruto de mi desconfianza cultural adquirida en las calles porteñas.

¿Seguro que no necesitás nada, mi teléfono, algo?, pregunté incrédulo.

El muchacho se rió.

No, hombre. Cuando lo terminas me lo traes. Pero si tanto insistes, me puedes dar cincuenta euros, dijo, estallando en una risa estentórea que pobló el aire unos instantes.

Por este hecho hoy publico esto. Por este hecho, creo que todavía existe lugar para la esperanza en la bondad y en la confianza de los hombres en estos tiempos extraños en los que hace falta humanidad y generosidad. Después de todo, este hecho no ocurrió en un pueblo en el que todos se conocen. Ocurrió en Madrid, entre gente completamente desconocida.

Después de un hecho como éste, no puedo más que creer (seguir creyendo) que la esperanza sí existe, que el hombre es esencialmente bueno, aunque nos cueste percibirlo. Después de un hecho como éste, me decido a pensar que no todo está perdido, quién dice que tal vez tampoco el tiempo.

Nota al pie: ¿El libro? Excelente. Dejo un extracto de una poesía que se encuentra en el libro.

"Yo ardo en una magia taciturna y profunda
olfateo lascivia como una garza en llamas
todas las palabras las convierto en castillos
que asalto luego con guerreros de aire."

Thursday, January 19, 2012

Pina

(2012)


En principio, diré lo primero que pensé cuando terminé de mirarlo: tendría que haber más films como Pina. Mejor dicho: films como Pina deberían tener más promoción en el mercado.

Pina es una película de Wim Wenders que homenajea a Philippine Pina Bausch, bailarina alemana, posteriormente profesora y una de las coreógrafas de danza contemporánea más peculiar de nuestro tiempo.

El film es una pieza bellísima editada con eficacia magistral. Pero no es una biografía. Todo gira en torno a sus trabajos en la danza. Es la vida de la artista desde el punto de vista de sus alumnos y colegas de trabajo, es decir, la vida de Pina a partir de la visión de aquellos que la trataron y que de ella aprendieron. Dueños de una originalidad sin fronteras, los bailarines de la Compañía de Pina nos revuelven el estómago como peces en una pecera. Nos inspiran a cada instante, nos incitan a creer en la danza como la expresión más elevada del arte.

El film también despierta, por si fuera poco, nuestros sentidos más ancestrales a partir de coreografías exquisitas representadas en sitios tan sugerentes como sencillos: en el bosque, en una casa de cristal, en la cima de una colina, en un escenario cubierto de tierra; en el exterior de una fábrica, en la calle junto a un semáforo, en un escenario donde los dos elementos únicos son una enorme piedra negruzca y la lluvia que cae.

Por último, me repetiré. Diré, nuevamente, lo que pienso: tendría que haber más films como Pina.

Sunday, January 15, 2012

Cosas que quedan

(2012)

In memorian Alfredo H. Vanini

Hace muchos años, mi abuelo me recomendó que viera la película El Ciudadano Kane. Fue una tarde destemplada en el balcón de su departamento de Devoto.

Esa tarde, como tantas otras, yo lo visité más por insistencia de mis padres que por voluntad propia. En esa época yo estaba en otra, como se dice. Todavía no lo sabía, pero esa visita sería la última antes de su partida final.

En su casa, que para mí siempre olía a farmacia y sabía a Seven Up, uno tomaba té. Al menos yo. Y con leche, porque según mi abuelo “el té sólo no hace nada, nene, vos tenés que alimentarte, que estás muy flaco” y llamaba a su criada para que le ponga una gotita de leche al té que yo terminaba tomando sin ganas para darle el gusto a él.

Esa tarde no fue la excepción: té con leche en el balcón. Un balcón amplio con algunas macetas a las que nadie prestaba atención y que la intemperie se encargó de estropear. Él vestía su usual pantalón de lino, un pullover y su gastado gorro marrón. No sé cómo salió el tema, supongo que como salen todos los temas. Quizás yo le comentaba la última película que había visto, que a él no le llamaba la más mínima atención (porque parecía estar siempre pensando en otra cosa), cuando de pronto me dijo, con esa voz quebrada por los años “vos tenés que ver El ciudadano Kane, nene. Ésa es una película”. No recuerdo lo que hablamos después. Sólo recuerdo ese fragmento de la conversación.

Lo que sí recuerdo (y aquí hago un inciso) es el día en que me lo encontré en la Plaza de Devoto (frente a su casa) hablando con una mujer de su edad. Recuerdo que en realidad no hablaban como hablan dos ancianos cuando uno los ve en las plazas, sentados mirando en la distancia, moviéndose con lentitud, hablando con ternura. Sino que recuerdo ver a mi abuelo un poco inclinado hacia ella, con una sonrisa de galán que se le veía a leguas y su gastado gorro marrón en una mano. Recuerdo que pensé “le está tirando los galgos”. Y yo, inocentón, fui a interrumpirlo. Él me miró de soslayo y me reconoció, sonrió con la tristeza de quien siente que está por perder algo, me permitió darle un abrazo. No pude decir palabra. La mujer aprovechó para irse, pero el abuelo, rápido como pocos, no la iba a soltar tan rápido. Me dio a entender que ese no era el momento indicado para una relación abuelo-nieto, me dio 20 pesos (que en ese entonces era un dineral para mí) y se fue a perseguir a la señora. Y yo, saboreando mi suerte, volvía a casa como un hombre hecho.

Y luego, una noche, una bandada de pájaros se lo llevaba al más allá. Esa misma noche, yo quise verlo. Quise saber de qué estaba hecha la muerte. Y descubrí lo que todos descubrimos con el tiempo: que la muerte está hecha de vida, de las vidas que nos acompañan, que nos influyen, que nos aman, que nos lastiman, que nos inspiran. Esa noche, el abuelo me enseñó a llorar de rodillas al pie de su cama, a comprender que el cuerpo está hecho de alma y que, cuando el alma parte, el cuerpo expira y sólo quedan recuerdos y nostalgias.

Son esas cosas que nos quedan, pequeños fragmentos que otras vidas nos obsequian. Como el aroma de la primera mujer, como la soledad de las playas en invierno, como flores marchitas en un florero, como las cuerdas de una guitarra que ya nadie toca. Fueron varias las cosas que me quedaron de él, pero una más latente que las demás, quizás porque no había sido completada todavía: ver El Ciudadano Kane. Muchas veces tuve la intención de alquilarla, pero siempre surgía otra película que la relegaba a un lugar secundario. Quizás el destino quería que así fuera. De modo que ayer decidí honrarlo y alquilé El Ciudadano Kane. Con mi compañera, no pudimos más que aplaudir la elección de la película. Hacía mucho que no veíamos un film tan convincente. Pero el film en sí mismo fue algo secundario, porque lo primero que se me ocurrió pensar es que tal vez mi abuelo fue o quiso ser ese ciudadano que buscó y perdió y buscó y perdió otra vez. Que tal vez nadie nunca supo que también él vivió otros amores que guardó para sí, que también él se reservaba, a su manera, el secreto de su añorado Rosebud.

Ahora sé que sólo me quedan estas palabras, que quizás saben a poco, embarradas por la nostalgia y el recuerdo, pero es con estas palabras que decido saludarte, abuelo, y agradecerte la película, el recuerdo feliz de los veinte pesos, mi predilección por la Seven Up, tu gorro desgastado, el té con leche que tomo cada mañana antes de ir a trabajar y tantas otras cosas que regresan a mi memoria cada día.

Friday, January 13, 2012

Perdón con elefantes

(2012)

Una pareja viajó a México. Recorrieron ciudades, subieron pirámides aztecas, las bajaron; descubrieron historias secretas de Teotihuacán, saborearon la sopa de pueblos indígenas, creyeron ver la sombra huidiza de Moctezuma.

La pareja se hospedó en hoteles. Fue precisamente en uno de ellos donde sucedió: a causa de un atraco, les pidieron perdón con elefantes.

Una noche como cualquier otra, la pareja hacía tiempo en el lobby del hotel. Intercambiaron comentarios del viaje, jugaron con el móvil, leyeron revistas de actualidad. Luego, subieron a la habitación. Al poco, volvieron a bajar para cenar. Cuando regresaron a la habitación, a él le faltaba el móvil. Ella llamó a la recepción del hotel. Eran las once de la noche.

El conserje de turno no supo manejar la situación. Cuando el jefe de recepción llegó, dijo que era imposible que lo hayan robado.

Nadie tiene acceso a las habitaciones después de las cinco de la tarde a menos que así lo requieran los clientes, dijo.

Pensaron en la posibilidad de haber olvidado el móvil en el restaurante, pero nadie lo vio allí tampoco. El caso terminó ahí, porque eso quiso la pareja, más que nada porque no querían preocupaciones así en época de vacaciones.

Sin embargo, porque los hoteles están orientados al servicio al cliente, porque creen (o quieren creer) que el cliente no sólo tiene siempre la razón sino el derecho a tenerla, la mañana siguiente decidieron organizar un perdón original por el inconveniente ocasionado.

Al regresar a la habitación después de un día largo de monumentos y tortitas y enchiladas picantes, la pareja encontró las toallas del baño dispuestas de una forma particular: tenían forma de elefantes. Por qué no el lobo mexicano o el águila real, animales típicos de México, no lo sabremos nunca. Lo que sí sabemos es que ésa fue la curiosa manera que encontró la Gerencia del Hotel para pedir perdón por las molestias ocasionadas.

Tuesday, January 10, 2012

La pequeña flauta mágica

(2012)


El teatro, la ópera y Mozart, otra vez. El bello teatro que nos permite vivir una y otra vez situaciones que habíamos olvidado, extraviadas en el desorden de la memoria.

Te invito al teatro a ver la ópera La Flauta Mágica, de Mozart, en versión infantil, es decir La Pequeña Flauta Mágica, para que vuelvas a descubrir por qué nos gusta tanto sentarnos en una butaca y ver al Rey Sol, a la Reina Luna, al Papageno, a la Princesa Pamina y al Príncipe Tamino apoderarse del escenario con la gracia de gacelas elegantes. Estos músicos y cantantes nos enseñan a sentir la ópera de otra manera. El pianista, con sus manos prodigiosas; los cantantes, con sus voces de mirlo despertando nuestros sentidos musicales; la flautista, enseñándonos con cada nota que el viento está hecho de música.

Una obra grande para los más pequeños que nos demuestra una vez más que la magia de la ópera todavía puede encontrarse en los escenarios de Madrid.

Friday, January 6, 2012

Diez negritos, de Agatha Christie

(2012)

No son muchas las veces en las que se define a un autor con las palabras adecuadas. He aquí la prueba de que se puede: Agatha Christie ha sido bien clasificada como la Dama del misterio. Me ha hechizado, he sido absorbido en su mundo gracias a una prosa limpia y un argumento trabajado. Un solo libro leído ha bastado para darme cuenta de que tenía en mis manos la prueba indiscutible de que existe (existía) un autor que sabe (sabía) como llevar al lector a donde quería, que sabía cómo hacerte pensar en una cosa que luego resultaba tan infantil al descubrir lo que sucedería más adelante. Página tras página he caído en la trampa. Pero más que nada, he caído en las redes de su fantasía, en la dependencia más hermosa del mundo: sus libros.

Ten little niggers. Diez negritos. Así se llama la novela. Convengamos en que ya el título es atractivo. Y provoca. Asombro, desasosiego, sorpresa, turbación son algunos de los adjetivos con los que podría caracterizar al libro. En resumen, diez personas que no se conocen coinciden en una isla en las costas de Devon, en Inglaterra. Uno a uno, mueren. Misteriosamente, claro.

Ahora, esta fría noche de Enero de Madrid, me pregunto cómo serán los próximos libros que leeré de ella. ¿Me bastarán para acallar esta sed repentina que me devora? ¿Serán suficientes para calmar esta impaciencia de principiante, este flamante deseo que aflora? Tengo en mis manos Asesinato en el Orient Express, y no veo la hora de comenzarlo.

No me es indistinto el pensar de algunos críticos que descreen de la capacidad de autores como ella. Críticos que dicen que Agatha Christie no es nada en comparación con, por ejemplo, Juan Rulfo. Desde mi punto de vista, la comparación es inútil. ¿Acaso no es obvio que no se pueden comparar? La cuestión es simple: saber discernir entre dos autores diferentes, con diferentes estilos y diferentes propuestas. Todo el que haya leído a Rulfo sabe que ese señor era un maestro. Pero por qué no decir lo mismo de Agatha Christie. ¿Porque escribió novelas de misterio? ¿Acaso Pedro Páramo no es a su manera una novela de misterio? No juzguemos, no nos impongamos prejuicios inútiles. Leamos aquello que queramos leer, de eso se trata. Borges decía “si uno lee un clásico y se aburre hay que tirarlo”. Conclusión. No nos impongamos lecturas. Disfrutemos. De Rulfo, de Christie, del cronista de La Nación o el poeta que recita versos de otros. Por sobre todas las cosas disfrutemos, que para eso están los libros.