Thursday, December 29, 2011

Utopía y Purgatorio

(2011)


Utopía es una obra de danza, música y poesía que nació de la admiración de su creadora, María Pagés, por el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer . Para ella, su obra Utopía no se refiere al “no lugar” que la palabra indica. Es algo más fuerte aún: “una declaración de principios con forma de baile flamenco”. Utopía como “buen lugar”, dice. Y si para ella, que lo creó, significa eso, entonces para nosotros, que lo vivimos, que lo experimentamos, que lo sentimos significa otra cosa: la declaración de que su obra trasciende lo utópico, como “no lugar” y como “buen lugar”, como “lugar”, llanamente, o como “bello lugar”. En la hora y veinte minutos que dura, uno no puede parpadear, no quiere parpadear, teme parpadear. Porque parpadear sería perderse un momento único, trascendente, entre tantos de los momentos más bonitos que he visto sobre un escenario, con el corazón latiendo al ritmo de zapateo y voz, de danza y poesía. Son artistas como ella los que me hacen creer más que nunca en España.



Purgatorio es la obra protagonizada por Viggo Mortensen y Carme Elías. Su creador, Ariel Dorfman, nos abre la puerta a un Purgatorio donde dos personas, desde dos lugares diferentes, purgador y paciente, serán juez y condenado de la purgación del otro. ¿Cómo perdonar a una persona que ha pecado, que ha herido, que ha olvidado sus infracciones, si no es desde un banquillo de juez o desde la silla del purgador? La obra gira alrededor de la idea del ser que será purgado, y de las razones para serlo. Del des-cubrir la verdad que cada uno esconde. Cuando uno hace una crítica, quiere que sea constructiva, no violenta. No soy crítico ni mucho menos. Desde el sitio que me corresponde, el de espectador, confieso que esta obra me enseñó que el precio que se paga por un casting comercial revela una intención puramente económica. Y me enseñó, también, que el teatro es un ser que está vivo, que debe vivir. Vivir a cada instante, a través de sus actores, de su dinámica y la interiorización en el personaje. Sin estos ingredientes fundamentales, el teatro decae, no hay obra que perdure. La obra Purgatorio pierde la esencia más pura, porque cuesta creer en los personajes.

La realidad es que donde yo he realmente encontrado mi purgatorio ha sido al presenciar la obra de María Pagés. Y es curioso que la obra que me resultó más utópica de las dos haya sido la de Ariel Dorfman.

Thursday, October 20, 2011

Las hojas que caen del árbol

(2011)

Escribir es un arte extraño, misterioso. Uno piensa que escribir es un acto noble del espíritu humano. Que para escribir necesitamos ascender a un nivel más elevado que el de la tierra que pisamos, que las musas son como fantasmas tangibles que merodean en la neblina.

Quizás tengan razón. Por mi parte, cuando escribo lo hago, muchas veces, pensando en alcanzar cierta región, un lugar inhóspito y virgen, un desierto que nadie jamás haya atravesado.

La escritura es también una forma de vanidad. Nadie puede negarlo. Por vanidad me refiero a algunas de las acepciones que define el diccionario. Es decir falto de sustancia, hueco, vacío, inútil. Así es la escritura.

Omito, sin embargo, la cuarta acepción: sin efecto. Aquí disiento. Definitivamente, la escritura causa un efecto. Un efecto por partida doble: tanto el escritor como el receptor de lo escrito experimentan el efecto –sea cual fuere- de lo escrito. La escritura es vanidad y sin embargo cuando escribo lo hago con la intención de no serlo.

Por vanidad también me refiero a la acepción por la cual un ser decae en el área sombría de la presunción. Presunción evidente, por un lado. Y presunción secreta, tal vez. Ésa que se esconde muy dentro y que uno doma de la mejor manera posible.

En todas las épocas, el arte ha sido vanidad de presunción. El artista es un comerciante. El sistema se rige por las leyes del comercio. El comerciante vende su producto al mejor postor. Siempre ha sido así. La diferencia con nuestra época es que lo que verdaderamente cuenta de una obra de arte no es la obra en sí misma sino el artista en cuestión. Nadie niega que en su momento Sheakspeare habrá vendido por su nombre, que Otelo sin Sheakspere no hubiese llenado The Rose, pero las obras deben apoyarse en sí mismas para perdurar. Las obras de Sheakspeare no hubiesen perdurado de no ser por su calidad. Hoy en día, la calidad se ha visto mermada por la cantidad excesiva de productos expuestos en los anaqueles de los comercios. La misma vieja historia de nuestro tiempo: el capitalismo que arrasa generando basura, objetos desechables.

Dentro de todo este circo capitalista, en el que hay que venderse para subsistir, predomina en mí un sentimiento de rebeldía: jamás escribir para vender. Escribir lo que uno quiere escribir, los temas que a uno le enardecen los sentidos, que los subyugan. Y a su vez, por antagonismo, escribir aquellos temas que uno se ve llamado a escribir, el mandato interior que es la señal de nuestro destino.

De alguna forma, creo que por eso me resulta extraña la escritura como arte: la verdadera intención del acto de escribir no radica en la vanidad de presunción, sino que reside en la voluntad impersonal y a su vez violentamente intrínseca de crear algo con la certeza de que lo creado se desprenderá de uno como la hoja que cae de un árbol.

Wednesday, August 3, 2011

Una vez al año hay una que otra

(2011)

Hacía mucho que no rechinaban mis dientes por la noche. Mi compañera me ha dicho que he empezado a hacerlo nuevamente. ¿Es que no se puede hacer otra cosa para detenerlas?

Es terrible vivir con miedo. Saber que incluso en el sueño no estamos a salvo. Sé bien lo que digo, y sé que quien lea esto podrá entenderme, y que aquel que haya experimentado lo mismo aún más cerca de mí se sentirá.

Queremos mudarnos, irnos de aquí. Estos últimos días han sido un infierno. El miedo es una enfermedad. Nosotros sentimos sus síntomas y queremos prevenir antes que curarnos. Tememos levantarnos por la noche porque están metiéndose entre las sábanas, porque nos comen la carne.

Llevamos varios días durmiendo mal. Nos levantamos en el medio de la noche y las escuchamos cuchichear en la cocina. Ratas inmundas. Cuando nos vamos a acostar, y apagamos la luz después de una lectura furtiva, empiezan a correr por sus rutas oscuras fabricadas en el techo. Nos mantenemos en vilo, los músculos tensados. Nos cuesta entrar al sueño. Ponemos música para no escucharlas. Los vecinos nos recomendaron ponernos tapones en los oídos. Intentaron calmarnos.

—No se preocupen. Una vez al año hay alguna que otra.

Dicen eso: nos engañan como a niños temerosos. Vivimos en una buhardilla, lo que supone un mayor riesgo de encontrar a las visitantes indeseadas. Van a la cocina, naturalmente. Hacen huecos en el ladrillo y se meten en tu casa como ladrones de poca monta.

No nos agrada en lo más mínimo su presencia. Estamos pensando en comprar un gato, pero a mi compañera no le gustan mucho, aunque después de ver tres ratas muertas (las envenenamos) la idea se le antoja fabulosa.

Sunday, April 17, 2011

Crónicas marcianas

(2011)

Ray Bradbury escribió Crónicas Marcianas en los años cuarenta. Si nos situamos en aquella época, los que no hemos vivido en aquél tiempo, comprenderemos sólo una parte del valor de su obra. Una época en la cual el viaje al espacio y la posibilidad de otra vida fuera de la Tierra conquistaba a los norteamericanos, alcanzando dimensiones elevadas. Para los que leyeron Crónicas Marcianas apenas publicado, habrán seguramente experimentado el terror, la sorpresa y la inimaginable vida marciana imaginada por Bradbury.

No soy lector de ciencia ficción, pero este libro me da pie a pensar que tal vez en este tipo de libros exista algo más que una invención de posibles futuros. Un lector avispado logrará entender que el espacio elegido (y el género) no son más que superficiales, las paredes exteriores que salvaguardan el interior de la casa, su verdadero mensaje: que ya en aquella época se vislumbraba la tragedia que supone el capitalismo, la involución de las sociedades en términos humanos, y la caída del humano en sí mismo.

Un libro para disfrutar… pensando en un mañana mejor.

Friday, February 11, 2011

Biografía del hambre

(2011)

Para escribir es necesario tener las ideas claras. Los libros son de gran ayuda para lograrlo. Amélie Nothomb sabe de lo que hablo.

He leído su novela Biografía del hambre. Es excepcional. Por lo que cuenta, por cómo lo cuenta. Pocos son los libros que, a través de su sintaxis, nos producen un cambio en la estructura de nuestros pensamientos. Biografía del hambre lo consigue.
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La novela es autobiográfica. Hija de un diplomático belga, la escritora ha vivido la mayor parte de su infancia y adolescencia en Oriente Medio. No es accesorio señalar que ser hijo de un diplomático no solo permite descubrir el movimiento del mundo a una edad temprana, sino que ese descubrimiento es también temprano en relación con el mundo personal. No exenta de la nostalgia que produce el desarraigo, Nothomb ha descubierto ambos mundos en sus muchas facetas a lo largo de años errabundos por países de diversa índole que han marcado definitivamente su personalidad —y su escritura.

El rasgo distintivo de esta novela es la anécdota, relatada con sutileza. Es el vínculo que la escritora alcanza con el lector. Al llegar a la última página, y seguramente a lo largo del relato, desde el primero al último capítulo, uno desearía haber escrito este libro.

Dueña de un lenguaje claro y rico a la vez, Amélie Nothomb nos obsequia una estupenda reseña de su vida.
Biografía del hambre es su viva historia.

Sunday, January 2, 2011

El sabor agridulce de su existencia

(2010)

Para ser honesto, fue un descubrimiento amargo, pero a pesar de su amargura, no dejó de asombrarme, casi de alegrarme, como cuando un niño descubre su primer bigote y tiene la certeza absoluta de que tiene que afeitárselo, aunque lo que él llama bigote no sea más que una pelusita indiscernible.
Había terminado de ducharme, una de esas duchas que reconfortan al cuerpo. Me miraba en el espejo mientras me secaba. Al principio no la reconocí, casi la negué, creyendo que sería algún reflejo de las luces del baño. Me acerqué con recelo un poco más y ahí mismo descubrí su existencia.
Su descubrimiento fue el punto de partida para pensar muchas cosas que de otra manera no me hubiese detenido a contemplar, tal vez a razón de llevar una vida en la cual los pensamientos que verdaderamente valen la pena son los que menos pensamos.
En principio, y aunque me parezca extraño, pensé en el significado de los símbolos. El símbolo, por definición, es la representación sensorialmente perceptible de la realidad. Una cana, pensé, sería entonces el símbolo de la vejez, de que el tiempo pasa y de que, muy a nuestro pesar, envejecemos.
Entonces me detuve un rato a pensar en la vejez. Fui hasta el sillón, cerré los ojos y empecé a imaginar un dulce porvenir. Tuve una visión clara de mí mismo ya anciano. Es fácil hacerlo, la verdad. En esa vejez imaginaria, imaginé los ojos profundos arrastrando la dicha considerada que confieren los años, las manos temblorosas y un aire de añoranza en el semblante.
Por oposición, pensé también en la juventud, en los años en los que la vida se despliega ante nosotros como un remolino de sensaciones irrepetibles, en que se nos ofrecen oportunidades sin que nosotros tengamos real consciencia de ello. Los años en los que el cuerpo nos responde casi sin chistar, en que nuestra mente, a pesar de la rutina y de las obligaciones, conserva la fuerza necesaria que nos permite organizar el mundo personal a nuestro antojo. Me deja un sabor amargo en la boca saber que la juventud no es eterna y que todo lo que nace, muere.
Por eso mismo, cuando me acerqué nuevamente al espejo y observé su existencia blanca y solitaria en la maraña de cabellos lacios, no pude más que saborear el gusto agridulce de su existencia.