Saturday, December 12, 2009

El otro

(2009)

Parece mentira. Me he propuesto comenzar un blog y actualizarlo a diario. Pero a la primera que me despisto, ese otro me libra de escribir, ese otro que siempre me dice que no tiene ganas de escribir, que hoy no.
Entonces intento regresar a una identidad más real, intento centrarme, respiro hondo buscando ser uno solo. Pero no puedo. Estoy ido, perdido entre el humo del tabaco y las nieblas del alcohol, y ese otro me ha poseído y me arrastra sin tregua por caminos fangosos. Con los ojos cerrados, le grito: le pido, le imploro que termine con ese martirio, le repito que existen paisajes más bellos, que una tregua nos favorecerá a ambos. Pero a él le vale mierdas lo que digo. Me escupe la cara, golpea mis costillas con sus zapatos enormes, me arroja como un bulto contra los arbustos, me tapa la boca con barro y me susurra al oído “¿vas a callarte ahora, pedazo de hijo de puta?” Y yo me callo, sin ganas, pero me callo. Cierro mi boca, cierro los ojos, sumiso. Aunque quisiera agredirlo, vencer la debilidad que me infunden los dolores corporales y bastarderarlo hasta que, rebajado a mis pies, me pida perdón, me diga basta, y en su mente quede mi marca y que su flaqueza mental signifique mi victoria, mi victoria de poder.
Parece mentira. Parece mentira que, sentado en este escritorio, bajo esta luz tenue, en la comodidad de mi hogar, ese otro me haga sentir eso.

Thursday, December 10, 2009

Pregunta sin respuesta

(2007)

Si corto a un hombre al medio ¿cómo lo llamaré: medio hombre o dos hombres?

Lluvia de Beijing

(2007)

Una llovizna dulce cae sobre Beijing. Es casi poética, al borde de la tragedia.
Los automóviles no parecen detener nunca su marcha. Con sus trompas magníficas, los colectivos asoman asesinamente a las esquinas. Rostros extraños desempañan los vidrios, dibujando sus nombres, observando las veredas y los cafés detenidos. Las publicidades incitan el deseo comercial de los peatones, arden en la mente de los compradores compulsivos. Los árboles raquíticos adornan veredas de corbatas y de portafolios. Los aventureros pedalean sus bicicletas cubiertas de gotitas de lluvia inamovibles; otros, se pasean escondiéndose bajo sus paraguas.
Mientras tanto aquí, detrás de un ventanal, el azúcar negra se hunde lentamente en la espuma de un capuchino humeante que encuentra siempre la manera de capturar un paladar amargo, unos labios fríos que sientan el placer de la bebida caliente que atraviesa la garganta.
Así se pasa la vida algunos días de lluvia, tal vez una galería de arte o un aburrido paseo de compras, con su tedio y sus vendedores dispuestos a todo. Preferible un café y un libro, o el cine con sus asientos oscuros, o el amor, claro, ese botón que cede, dos, tres, todos los botones cediendo a dedos cálidos que acarician la cintura, deslizando la remera que suavemente cae a un lado de los cuerpos que se mueven al ritmo de los besos y de las manos, manos que desabrochan cinturones, aventurándose a lo salvaje. Salvajes los amantes caen a una cama que presencia su danza, su respirarse mutuamente, inhalando cada uno la exhalación del otro, el otro que sucumbe, y se aleonan, ambos, aleonados penetrándose profundamente, almas que vuelan en el paraíso del otro, los amantes que lo saben y lo sienten y les gusta porque lo sienten y lo saben, dispuestos a todo este día de lluvia que cae dulcemente sobre las calles de Beijing.

La ciencia literaria

(2005)

Afirmar que la ciencia literaria es constante no es acertado: al igual que la ciencia física, la ciencia literaria cambia y se desmiente a sí misma según las épocas y las sociedades.
Decir que las sensaciones se pueden explicar tampoco es acertado. A pesar de que se puede reflexionar acerca de cada una de ellas, de que se pueden hacer tesis extensas acerca de los efectos que las sensaciones causan en los hombres, no es posible explicar sus efectos espontáneos, pasajeros. De la misma manera, no se puede definir a la literatura, no solo por sus efectos pasajeros, sino también porque no es un fenómeno que se pueda explicar a través de los efectos que causa.
En principio, la literatura no se define por su estructura, que es forma y contenido. No se define por su forma porque las técnicas modernas de análisis no dejan de revelar nuevas formas de contenido. Por su contenido porque no se puede asegurar la finalidad de la literatura: si sirve para instruir, distraer o simplemente como vehículo de expresión.
La literatura es a la vez víctima de la subversión social porque, aunque se haya enseñado y todavía se enseñe que es una institución noble dentro de las sociedades de escritura, ha sido y es el acto moderno más poderoso de revelación al que se atreva la humanidad.

Imagen

(2006)

Encontrar el momento en que todo se asemeja, en que todo se cierra como una boca besando el aire, una boca hacia arriba besando el aire, queriendo besar un cielo que tiene tanto de espejo si uno mira hacia abajo y observa sus pies apoyados en la tierra que es la imagen duplicada de un cielo lleno de piedras y de polvo.

El cautivo (inspirado en el cuento de Borges, de nombre homónimo)

(2005)

Estimado Fabio:

Sé que andarás conmocionado por la noticia, pero las cosas casi nunca son lo que aparentan. Yo creo que todos tenemos un destino: vos, yo, nuestra gente. Ese destino nos pertenece, nos protege, nos rechaza. Nos pertenece cuando tomamos las riendas de nuestra vida, nos protege cuando tropezamos, nos rechaza cuando deliramos. Todo esto… ya te lo había contado. Me sabía de memoria las respuestas de mis propias preguntas. Pensé erróneamente que el incidente no era más que un pedazo de mi pasado, una etapa enterrada por los años. Claro que lo que había olvidado eran las sorpresas que plantea el destino.
No sé si sabés de pactos. Lo que yo creo es que para que un pacto se mantenga tiene que haber una congruencia entre las partes. Que las dos partes mantienen el pacto y que, si una lo viola, el pacto se quiebra. Pero el Gordo nunca lo entendió.
La sorpresa no se hizo esperar. Cuando se expandió la noticia, no me sorprendió en absoluto. No me sorprendió porque ya lo había visto algunos días atrás escondido bajo una capucha negra de sacerdote. O al menos me había parecido verlo. Siempre me pasa. Pero eso ahora no importa. No importa. No me sorprendió, eso es todo. Lo que importa es por qué estoy contándote todo esto. Los secretos se guardan con la intención secreta de expresarlos alguna vez. Todo este tiempo transcurrido entre el rapto y el ahora no ha sido más que el justificante de mi aislamiento. Tener que mirarte a los ojos se había convertido en un salto continuo hacia el pasado. Mi cabeza ya no funcionaba bien, sentía como si una serpiente que crecía con los días se enroscaba en mi cerebro sin dejarme espacio para pensar en otras cosas, sin dejarme aire para respirar un poco de cordura. Y es ahora o nunca que el secreto tiene que ser develado.
Cuando sucedió lo de tu hijo, recuerdo que viniste y me dijiste que sentías que una parte de tu vida claudicaba, y que no querías que eso sucediera. Entonces me pediste que te ayudara a buscar al pequeño Fabio. Y lo hice: fue una gran actuación de mi parte. Y eso es también doloroso: saber que te ayudaba a buscar algo que yo mismo había robado, porque al pequeño no lo habían raptado los indios durante el malón, Fabio. No. No, fuimos nosotros: Hebe y yo. Sé que no lo comprenderás. Nunca nadie lo hace. Ni lo hará. Hay que estar completamente loco para hacerlo. Pero tienes que saber que teníamos razones. Ilógicas, claro, pero razones al fin. Hebe y yo estábamos muy mal en aquella época. Económica y personalmente mal. Y percibimos que ese acto sería el impulso que necesitábamos para salir de esa situación. Sé que no lo harás, que no habrá denuncias ni rencores. Me quedo más tranquilo diciéndote que no lo logramos, que a pesar de haber raptado a nuestro propio sobrino no logramos lo que pretendíamos. El Gordo había quebrado el pacto escapando con el dinero conseguido por la venta del pequeño. Habíamos llegado demasiado tarde. Y lejos. Toda esa disputa que se había dado entre los indios y los patricios nos ayudó para encubrirnos de cualquier acusación que pudiera haberse hecho en contra nuestra.
Creo que esa es la razón por la cual, después de tantos años, seguimos igual. Sigo igual, quiero decir. Porque la locura enceguece, y a las mujeres no les agrada un matrimonio ciego. Por eso la perdí a Hebe. Me arrepiento, sin lugar a dudas me arrepiento. Toda esa locura no hizo nada por mí.
Cuando vi al sacerdote salir de tu casa, no lo dudé. Le ordené que se detenga. Él me reconoció, y echó a correr. Yo lo alcancé y el trastabilló y cayó en la tierra. Sosteniendo con mis piernas su cuerpo y sus manos con mis manos le exigí que se vaya. Y que nunca más regrese. Él no decía nada. Tal vez no me comprendía. Entonces reaccioné: su mano derecha tenía rasgos de sangre, y apretaba un cuchillo cuyo filo rojo resplandecía. El sacerdote me golpeó en la espalda con una patada, apartándome de su cuerpo; me propinó otra patada, esta vez en la cabeza. Yo me desplomé en la tierra, viendo a través de mis ojos obnubilados por el golpe la huída del sacerdote. Después de unos minutos me incorporé y corrí acongojado hacia tu casa y la encontré a Margarita desangrándose en la cocina.
No tengo excusas. Busco el perdón hace tiempo. Escépticamente. Y sé que no habrá perdón de tu parte. Este secreto develado, mi ausencia al funeral de Margarita, mi lento, voluntario repliegue. Lo sé muy bien. Y lo siento. Verdaderamente lo siento. ¿Cómo encontrar el perdón después de todos estos años? Quién sabe. Lo estoy buscando hace tanto tiempo. Escépticamente.

Un abrazo, tu vecino, Timoteo

Cielos de mármol

(2009)

A Cimbalina

Ahí estaban los amantes tendidos bajo un cielo de mármol, lejos del mundo y sin embargo tan cerca, amándose en secreto, acariciando cada centímetro corporal de sus cuerpos embarrados, amándose dentro de un océano de tierra, entre murmullos silentes, generando con cada caricia un calor que desafiaba al frío que azotaba las calles.
Era el mediodía y llovía, pero eso no importaba. Era el ahí y el ahora, y quien escribe buscaba a los amantes incansablemente, buscándolos entre calles grises, bajo un cielo gris, entre tanta gente descolorida, buscando su espacio ínfimo sin poder encontrarlo, su espacio mínimo entre tanto mármol, entre tanto cemento, entre tanta cruz apretujada.
Podría haber sido más difícil todavía: tener que atravesar un baldío de ratas o un valle de leones, una horizonte de cóndores o un río de cocodrilos, pero fue más fácil, fácil porque era buscar algo que sabía a fantasía y olía a tabaco, y esa alegría incomprensible de encontrar finalmente su espacio: el nombre de ella junto a su nombre: sus nombres tallados, cubiertos por las hojas que el otoño desprendía de los árboles y papeles escritos o cartas que la gente había dejado allí como símbolo de agradecimiento, entre cigarrillos apagados y piedras que significaban que finalmente había completado el juego, que cualquier persona alcanza el cielo pero con cuánta belleza y cuán romántico es alcanzarlo si se juega, si se vive como se viven los juegos, saltando cuadrados y números dibujados con tiza o tal vez con sangre, la sangre de días que nos rebotan en la cabeza y nos abren los ojos a fuerza de golpes desconsiderados contra paredones revestidos de vidrio, o la sed de esos desiertos solitarios que atravesamos a cada momento sin casi darnos cuenta.
Eran los amantes que se amaban eternamente, que quizás debajo de ese cielo de mármol se besaban a ojos cerrados y se conmovían con poesías que sólo leían en sueños o recordaban en instantes que se apagaban en la pesadumbre de la tierra mojada, con palabras escritas en el viento y enormes zoológicos de cuentos.
Cómo explicar (cómo explicarme, cómo explicarle a ese dios que me juzga sin tregua) que no he podido decirle nada, que ése su cielo de mármol me había conmovido como si él mismo (el amante) lo hubiese atravesado, atravesando asimismo los límites de la física y el tiempo.
Cómo explicar que ése su cielo de mármol no era mi cielo y que sin embargo también lo era, acaso ser mortal es estar ya muerto, amando otras mujeres, besando otras bocas o la misma bajo cielos de mármol o de témpera o de tiza, escribiendo poesías bajo los azotes del viento o pintando cuadros que dialogan con nosotros en la vida y en la muerte.
Cómo explicar que al encontrarlo he perdido las palabras mientras desde mis entrañas nacía algo que se traducía en un par de ojos que parpadeaban a un ritmo más acelerado que de costumbre, mientras un líquido salado cubría cada ojo sin soltar gota alguna hacia mis mejillas frías.
Fue entonces que mi boca comenzó a moverse, que mi boca empezó a gesticular, y de pronto ahí estaba yo, como un Dios altivo, parado sobre su cielo de tierra, frente a su cielo de mármol recitando sus propios poemas (sus meopas), poemas que el tiempo me había ayudado a memorizar, recitándolos con los ojos cerrados y los dedos de las manos cruzados en mi espalda, imaginando que ellos (los amantes) serían felices al escuchar una voz que de otro mundo les recitaba lo que ellos habían contado cuando en este mundo habían habitado, felices escuchando una voz que les rendía un homenaje en minutos que durarían para toda la eternidad, mientras el mundo se movía afuera del cementerio de Montparnasse como se mueve el mundo fuera de los cementerios.