Thursday, February 25, 2010

La noche secreta

(2009)

Nos derrumbamos al sueño. Abrimos otras puertas. Damos pasos precisos, impensados. Contemplamos árboles azules que acarician campos de guerra. Son noches de pájaros que tiemblan. Anidamos en fronteras que nacen a destiempo (como todo en la vida). Navegamos mares sin sombra hacia bosques inciertos.

La penumbra es sorda. Sorda, la locura. La máquina divierte con cuentos de hadas. Una máquina que alza muros, que cierra puertas. La dignidad se acerca cada vez más a la ciudadela de las utopías. Es la victoria de la máquina y su amante perfecta la tragedia.

Nosotros buscamos y rebuscamos —en los desiertos de la memoria colectiva— el modo de derrotar a la máquina, de burlarla. Buscamos esa llave. La llave. La buscamos a través de túneles y senderos, en esa profundidad donde no existen los precipicios.

Navegamos mares sin sombra hacia bosques inciertos.

Todo lo que crea el hombre perece. Todo se resume en una certeza: somos mortales. Esa certeza que nos roba el sueño, que nos mantiene vivos: el arduo trabajo de su aceptación.

Nosotros persistimos: buscamos y rebuscamos. Y, navegando mares sin sombra, entrevemos un bosque. Y en ése bosque nos perdemos, erramos. Ese bosque es nuestra encrucijada, nuestro laberinto. Ese laberinto donde las imágenes nos derrotan en días de sol. Búhos malheridos que arremeten contra la noche en carrozas sin freno. Búhos que tiemblan, frágiles, distantes.

Serán las invasiones de búhos sedientos, equívocos. Invasiones infrahumanas que no permitirán la unión entre el cuerpo y el alma. Será eso: la certeza de la mortalidad. La separación de las razas. Esa certeza escultórica que destemplará nuestra noche secreta, reduciéndola a fragmentos, a escenas repetibles, a ilógicos lenguajes azarosos. Esa certeza de que hay otras vidas: vidas que perecerán en imágenes burlescas, imágenes de vidas usadas. El hechizo de nuevos mundos sin la incertidumbre de la ambiguedad .

Entonces, cuando nuestra noche secreta descubra el velo de nuestras insolencias, cuando las hechicerías baratas eleven su fragancia en humeantes bálsamos lozanos y nos produzcan un sabor astringente en nuestras mudas bocas incómodas, cuando nuestros cuerpos cedan a pandeos de mimo, cuando nuestras mentes se desvíen en revoluciones centrífugas y cuando nuestros ánimos desvirguen a nuestros pensamientos más áridos y dañinos, sólo entonces renaceremos. Renaceremos en forma de pulpos terrenales, de leones acuáticos, de pájaros astrales, renaciendo hacia nuevas vidas inocuas. Renaceremos hacia destinos instintivos, en embriones de tierra y de luz. Nuestros ojos organizarán los elementos de un mundo que se nos presentará orgánico. Nuestra visión será la patología funcional del presente continuo. Arrojaremos a la hoguera los pandemonios de la modernidad. Y, con una sonrisa perspicaz, reinventaremos los átomos de nuestra propia existencia. Por los siglos de los siglos.