Saturday, January 30, 2010

Homenaje a Amelia Earhart



(2009)

Cuna de alas que se estropean sin descanso
Con la marcha inalterable del tiempo,
De ojos como entes omnipresentes.
Donde se esparcen pequeños árboles estáticos
Contra horizontes insólitos de sombras inconmensurables.

En el aire hay también un puerto
Y hay aves y nubes y distancia.
Humo de hélices en el viento,
Memoria de estelas imperceptibles:
Las huellas innúmeras del género humano.

Aroma de sales etéreas
Caída, vértigo, augurio, abatimiento.
Despertar hacia propias esencias ocultas
Y aprehender ese destello fulgurante
Que ofrecen las pasiones primarias.

Puerto de almas que sueñan en secreto:
Una mujer es una casa
Con hogar a leña y plantas y jueves
Y el anhelo íntimo de alcanzar en soledad
Las arenas insoslayables de la existencia.

Monday, January 25, 2010

Sobre el destino

Extracto de Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato

(…) Porque el destino no se manifiesta en abstracto sino que a veces es un cuchillo de un esclavo y otras veces la sonrisa de una mujer soltera. El destino elige sus instrumentos, en seguida se encarna y luego viene la joda. (…) El destino no puede andar eligiendo en forma tan ajustada a la gente que le va a servir de instrumento. Del mismo modo que si vos estás apurado para llegar a un lugar, cosa de vida o muerte, no te vas a andar fijando mucho si el auto está tapizado de verde o el caballo tiene una cola que te disgusta. Se agarra lo que se tiene más a mano. Por eso el destino es un poco confuso y un poco equívoco: él sabe bien lo que quiere, en realidad, pero la gente que lo ejecuta, no tanto.

Monday, January 4, 2010

Desierto de sueños cortados

(2010)

(Este desierto en el pecho nadie lo va a llenar, de JCB)

Nacieron del silencio y de la indiferencia hebras de sueños cortados. Nacieron en el desierto, y desde sus fauces una voz vociferó, a más no poder, el desconsuelo de su miseria. Nacieron del gesto de un par de manos negras que recogieron, y aún recogen, las sobras de ilusiones rechazadas por dioses indolentes.

En el fondo, somos un árbol que se erige en la soledad del desierto, ese vasto desierto indescifrable que nos define, zona susceptible a acoger selectivamente la esencia del prójimo, de almas anónimas que nos alcanzan sin darnos cuenta, hasta el momento en que descubrimos, no sin conmovernos, su presencia, en que comprendemos que sus palabras alimentan, con trozos de sueños, el vientre de nuestro árbol desértico.
Y ahí están, almas anónimas bebiendo tranquilamente un refresco a la sombra de nuestra soledad, soñando ya no sabemos qué pero qué importa si ellos están ahí y sueñan y beben su refresco a la sombra de nuestra soledad.

En la esencia de cada mirada existe todavía la esperanza, todavía la creencia de que mañana será mejor (de que mañana seremos mejores), de que, desde una perspectiva axiomática, esperaremos el momento adecuado para alcanzar otra dimensión, repantigados nuestros cuerpos en sillones de mimbre, deleitados nuestros sentidos en la imagen del sol que se oculta, en la lluvia que moja la tierra y golpea los techos, en el ronroneo de un gato en el regazo, en la luna que se afirma pálida en la noche que anida en nuestros ojos.

Desde la intimidad, sin escrúpulos, cuestionaremos nuestra existencia. Con una brújula y un cuchillo, mantendremos los ojos abiertos y nos preguntaremos hasta cuándo. Hasta cuándo tanta jactancia y tanto engaño. Hasta cuándo tanta apariencia y tanta confusión. Hasta cuándo tanta cobardía. Dejaremos los prejuicios de lado y aceptaremos el tabú más funesto que corrompe las entrañas de nuestro tiempo: sí, finalmente aceptaremos que el poder del amor es el poder que mueve los hilos del mundo, que sin él, que sin su fuerza, no somos más que barquitos de papel sin más faro que la boca de una alcantarilla.

No hay alma que no sueñe, ni bien que por mal no venga. Y así como un niño imagina múltiples vidas incontables veces en el teatro de su cabeza, así un hombre, por más miserable que se sienta, también —por inercia humana— las imagina, porque la esperanza muerde pero no envenena, y esa tendencia canalla a cerrar los ojos ante las mafias del miedo y la cobardía —adquirida en etapas de incertidumbre— será sólo el recuerdo borroso de una pesadilla.

El símbolo de nuestra era será de carne y hueso. Humano, será. Llevará tu nombre, el mío: llevará todos nuestros nombres grabados en su cuerpo. Trabajará, respetará y valorará a la tierra —su otra madre. Tendrá memoria. Compartirá. Al ritmo de tambores y de voces, celebrará cada noche la fiesta de la vida. Se entregará: amplio, fino y vigoroso. Aguja y madeja en mano, unirá los trozos de tantos sueños cortados sin razón, bajo la sombra de su árbol desértico uniendo trozos de sueños —que nacieron del silencio y de la indiferencia—, abrazado a la utopía de un mañana mejor.

Saturday, January 2, 2010

La vie est une marelle

(2009)

El día había pasado sin sobresaltos. Ya era de noche y yo viajaba en una de las líneas del Metro de París. Acomodado en uno de los asientos, las piernas cruzadas, los ojos cerrados, imaginaba que viajaba en un coche atravesando hileras de árboles.
El tren se detuvo en la estación Lamarc-Coulaincourt, una oleada de gente ocupó los asientos. Alguien se sentó a mi lado. Abrí los ojos. No sé qué es lo que sentí al verlo en ese momento, pero supuse que era un espejismo y cerré los ojos. No habían pasado ni cinco segundos cuando la voz de esa presencia que se había sentado a mi lado me susurraba al oído “la vie c’est une marelle, une marelle” y luego se apagaba, dejando lugar al sonido de los vagones del Metro y el murmullo de los pasajeros.
Creí reconocer la voz, que se correspondía con su apariencia, pero las leyes de la física me impedían creerla. Me sentí repentinamente abrumado. Decidí mantener los ojos cerrados. Mi decisión implicaba imaginar todo lo que sentía, imaginarlo al punto de convertirlo en imágenes que alimentasen esas sensaciones que me abrumaban.
Así y todo, la curiosidad ganó terreno. Cuando abrí los ojos y vi nuevamente su rostro, todas esas elucubraciones que mi imaginación había inventado se diluyeron en las formas de esa presencia física sentada a mi lado. Ya no los cerré.
El hecho de haber visto su rostro fue impactante, indescriptible. Fue como si hubiese movido, en un acto de voluntad, los bloques del tiempo, como si —aún más increíblemente— otra dimensión se hubiese acoplado en la realidad, como en un holograma. Estaba envuelto en una lámina de silencio: no escuchaba el sonido de los vagones ni de la gente que entraba y salía de ellos en cada estación.
Él me miraba impasible, con esos dos ojos enormes que pestañeaban infantilmente, y su boca pronunciaba una vez más “la vie c'est une marelle, une marelle” y concluía con un suave “oui, mon ami: une marelle”.
Desorientado, eché una rápida mirada al vagón: la normalidad que encontré me calmó, excepto por la presencia de una mujer. Tendría unos treinta años. El cabello le caía sobre el cuello plegado de un sobretodo negro. De pie, apoyada en un hombro sobre el marco de la puerta y las manos en los bolsillos del sobretodo, la señorita me miraba con una sonrisa perspicaz.
Nos miramos unos instantes. Luego ella hizo algo que no entró en mi campo de razonamiento: sin voz, sólo moviendo los labios, dijo “la vida es una rayuela, una rayuela”. Todavía desconozco cómo hice para entender lo que me estaba diciendo con sólo mover los labios, pero juro que lo entendí. Lo más increíble fue que, mientras me decía eso, con su dedo índice y una sonrisa enorme dibujaba en el aire las líneas de una rayuela. Aparté los ojos, sin control sobre mis pensamientos: una anciana sostenía un paraguas, un hombre leía el periódico, un niño dormía en el regazo de su madre.
Desde los altoparlantes una voz anunció la próxima estación. Volví la mirada a mi acompañante. Asintió, como si estuviese dándole la razón a La Maga, que una vez más movía los labios soltando esa frase que entraba en mi intelecto como un barco en una botella. Entonces él se levantó y se dirigió hacia ella, alto y pausado en sus movimientos fue hacia La Maga, la tomó de la mano, susurró algo a su oído, besó su cuello. Me miraron una vez más, sonrientes.
Descendieron en la estación Montparnasse, tal vez finalmente dispuestos a regresar a su morada de mármol, siquiera dispuestos a atravesar los límites de este mundo, dispuestos a alcanzar esa zona donde el amor no necesita de las formas, sino de presencias eternas y rayuelas infinitas.