Saturday, May 1, 2010

Luna de Madrid

(2010)

A Lorena

Caminábamos bajo la luz de una luna que se perdía detrás de edificios limpios y amontonados. A veces, sin darnos cuenta, nos tocábamos los hombros. Sin tocarnos las manos, sacábamos inocentemente una pelusita de su blusa o un pelo de mi gabán. Algo dentro, en el núcleo de nuestra esencia, nos dirigía, pero la lógica de los que recién se conocen nos mantenía en un estado de alerta, de observación próxima. Nos examinábamos. El tacto estaba siempre presente, como un reptil pegado a una piedra. A medida que caminábamos, la luna aparecía y desaparecía entre los edificios. La buscábamos. Y, porque la buscábamos, terminábamos deteniéndonos en detalles nimios: el interior de un departamento iluminado por velas en el que sólo de distinguían siluetas deformes, un tendedero lleno de ropa adyacente a una ventana cubierta de macetas, un gato saltando desde un tejado, un bebé en brazos de una mujer enorme, una cocina tenuemente iluminada donde un señor de corbata, parado, con los ojos perdidos, bebía del pico de una botella de vino. Y así íbamos, arrimándonos lentamente al templo de los besos, dando vueltas por una ciudad que no nos tocaba y que sin embargo nos pertenecía, lejos de la rutina de platos sucios, metros colmados y rápidos almuerzos solitarios.
Amantes desconocidos en las vísperas de la pasión corporal, escuchábamos las historias del otro con prudencia, intentando archivar cada palabra, cada detalle, elaborando secretamente analogías imposibles con las propias historias personales, con la intención oculta de que se correspondan. Atravesábamos monumentos ignorados, fuentes inactivas en plazas desoladas, callejuelas desiertas, alcanzando avenidas atareadas en cuyas veredas las gentes nos pasaban desapercibidas y tan sólo nos alcanzaba con atisbar la lívida silueta de la luna, una vidriera de instrumentos musicales, la risa de una niña camuflada en la multitud, un grupo de ancianas empolvadas de fiesta, una pareja que, en la sombra, se descubría en una confusión de manos y de gemidos.
Eran también las palabras. Palabras que emergían, impertérritas, desde un interior que nos resultaba ajeno y que sin embargo fluía en un tropel empalagoso. Emergían desde un sitio que creíamos perdido, pero que, al final de la noche, después de cafés incontables e historias insospechadas, comprendimos que había estado deshabitado, como esas casas de verano que sufren la soledad sofocante de la indiferencia y el olvido, y en las cuales, una vez la época estival ha regresado, cobran nuevamente la calidez de la vida —las ventanas abiertas dejando que el aire refresque y purifique tanto encierro sin vida— a causa de la gente que la habita.
Íbamos así, y no basta con decir que cada paso era el símbolo de lo que vendría, de besos y de caricias en cálidas noches invernales, junto al fuego o debajo de las sábanas, leyendo poesías en cafés sin nombre, inmersos en un mundo que sólo encuentran los que buscan sin descanso.