Friday, March 29, 2013

Un baúl debajo de mi cama


(2013)

Debajo de mi cama hay un baúl lleno de cosas. Lo descubrí hoy, mientras ordenaba un poco la casa. Mi compañera me había dicho que la dueña del apartamento guardaba cosas ahí, pero nunca tuve la curiosidad de fisgonear hasta hace un mes. Por diferentes razones que no me detendré a enumerar, no lo hice hasta hoy.
Para darles una idea más precisa de donde dormimos, alcanza con decir que el colchón descansa sobre un gran cajón de madera que hace de cama. A simple vista, no es más que eso: una cama. No obstante, sin el colchón la cama es una gran caja con cuatro tapas que dan acceso a los objetos guardados dentro.
Entre los objetos descubiertos encontré una lámpara de pie, una cortina gruesa de horrible estilo, un aparato de música y varios libros interesantes, entre los cuales había cuatro ejemplares en francés de novelas de Agatha Christie y uno que cogí sin titubear: La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe.
La verdad es que este suceso me sorprendió más de lo imaginado. No es tanto cuestión de lo que encontré, sino el hecho en sí de descubrir que debajo de mi cama hay un espacio de almacenaje de cosas que pertenecieron a alguien que vivió en esta casa antes que nosotros, que leyó esos libros bajo esa lámpara de pie desarmada, que ocultó el sol del verano con esa cortina gruesa que huele a humedad y tabaco, que escuchó discos interminables en ese viejo aparto de música.
Imagínese usted que se muda a una casa y después de un año descubre, por ejemplo, que hay un azulejo en el baño que puede quitarse y donde un niño alguna vez guardó una cajita con figuritas o soldaditos de plomo al mejor estilo Amelie, que usted lo abre y todo parece salido de un film fantástico. A eso es a lo que me refiero. Al hecho de que uno no sabe dónde vive, que cree saberlo pero no lo sabe, que la vida nos sorprende con cosas curiosísimas, que no hay que viajar a Katmandú para asombrarse: con una simple observación del día a día basta.

Thursday, March 7, 2013

Una fotografía con Amelia Earhart



(2013)

Cuántas veces habré visto esta imagen. Cuántas veces me habré ido a dormir con esta imagen en mi mente como una nube que simplemente no pasa. Cuántas veces habré analizado esta fotografía. Cuántas veces habré reparado en la fuerza que esta imagen representa. Cómo explicar la firmeza que existe dentro de una aparente debilidad. Sino, mírenla con detenimiento. Ahí está ella, Amelia Earhart, posando delante de su avión. Amelia Earhart, la mujer, la aviadora, con esa pose delicada: observen su pierna derecha apenas flexionada, los brazos largos, los hombros relajados; la pulsera en su mano derecha. Observen cómo el pañuelo acomodado alrededor de su cuello la distingue por su género. Miren la alegría de su sonrisa infantil y profunda. En esa postura suya yo encuentro cierta debilidad, mejor dicho delicadeza, que contrasta con la potencia y virilidad que impone la máquina que se yergue detrás de ella, ese avión que ella comandaría durante vaya a saber cuántas horas, dueña de su volante, de sus alas inmóviles, de toda esa carrocería de acero. Y ahí también encuentro la distorsión de esta imagen, y comprendo, otra vez porque siempre tiendo a olvidarlo, que las fotografías son apariencias, meras voces que sólo hablan en la memoria. Porque ahí está ella, Amelia Earhart, la dama del aire, con esa aparente debilidad delicadeza que denota su pierna apenas flexionada, en sus brazos relajados, en su sonrisa profunda e infantil. Aparente debilidad porque en el fondo quizás ya todos lo sepan y yo sólo lo comprenda ahora esa apariencia es sólo un rasgo de su género, de su carácter femenino el pañuelo, el cabello, su postura, y lo que realmente he omitido fue la fuerza de su intrínseca voluntad, la potencia con la que su sueño de habitar los aires de ser aviadora alcanzó la superficie y le permitió llegar a ser lo que fue. Porque esa mujer es sólo aparentemente delicada en contraste con el avión que se alza detrás, porque es ella y su espíritu aventurero quien subió a ese avión, se puso el overol, se ajustó el casco y las gafas enormes de aviador y navegó los aires con la fe invulnerable de los valientes. Ahí está ella, Amelia Earhart, la dama del aire, dueña de sí misma en esta imagen que me apasiona mirar y que admiro. Y me pregunto cuántas veces seguiré mirando esta imagen, admirándola, descubriéndola.