Monday, November 15, 2010

Nadie te lo dice

(2010)

Nadie te dice que vas a tener que enterrarlos. Lo intuyes a medida que vas creciendo, pero cuando realmente comienzas a vislumbrarlo como una verdadera posibilidad, el corazón se detiene en seco y arranca nuevamente, golpeando con más fuerza.
Es trágico darse cuenta de que pasas más tiempo pensando y haciendo cosas que no tienen sentido que aquellas que llenan realmente tu vida. Darse cuenta de que el tiempo es mucho más severo de lo que los relojes nos hacen creer. Porque el tiempo pasa y un día te das cuenta de que su caminar es más pausado, de que sus manos —viejos barcos de madera— son más frágiles, de que su piel se degenera en transparencias y arrugas evidentes y de que lo poco de cabello que les queda es blanco y fino como un racimo de nubes.
No tienes claro cuándo comienzas a advertir estas cosas. Tan solo observarlos envejecer, descubrir el lento cambio de sus hábitos diarios cuando notas que se quedan más tiempo en casa, que se ríen con más soltura, que se cuidan en todas las comidas.
Por eso comienzas a vivir más momentos con ellos. Les haces más preguntas acerca de su pasado, quieres conocer el fondo de su historia personal y terminas por entender que ellos no son solamente tus padres sino dos personas de carne y hueso que buscan, como tú, eso que nunca sabemos si habremos de encontrar.
Pero no hay nada más cruel en esta vida que el momento en el que imaginas la escena de su muerte. Muchas veces logras esquivarlo, pero otras veces parece imposible pensar en otra cosa. No lo entiendes y, sin embargo, te sucede.
Una mañana de noviembre amanece temprano y un sol huraño se eleva detrás de los edificios de la ciudad ruidosa, ocultándose detrás de algunas nubes esparcidas que lo esconden esporádicamente. Bebes tu café humeante mientras ojeas a grandes rasgos las noticias del periódico, cuando suena el teléfono.

—Es mamá —dice tu hermano.

Sólo dice eso. Con un hilito de voz, temblando. Tú sabes a qué se refiere porque está implícito en el tono de su voz. Pero no sabes qué decir. Bebes maquinalmente otro sorbo de café, cierras el periódico y, con el oído pegado al tubo, dices:

—No.

No puedes decir otra cosa, porque no has practicado para un momento como éste. Bien que podrías haber insultado al Ave María Purísima, pero sólo dices “No”. Y tú también, como tu hermano, lo dices con un hilito de voz, temblando y sintiendo, además, cómo el corazón se derrumba en tu estómago y te produce un mareo momentáneo que te impide respirar.

—Papá nos está esperando —dice tu hermano.
—Voy —dices, y cuelgas el teléfono.

Estás inmerso en una laguna de recuerdos y de ilusiones pasajeras hasta que, de pronto, como un descubrimiento atroz, tomas conciencia de tu propia condición: de que tú también has envejecido, de que en tu vejez has perdido la fuerza de tus manos de madera vieja, de que tu piel se ha arrugado en pliegues ordinarios y de que tu cabello es tan blanco como las nubes; de que tú también terminarás en un hueco en la tierra, de que tus propios hijos —al igual que tú— tal vez sólo podrán decir “No” cuando les llega la hora y de que el día en que te entierren será una mañana de noviembre en el que el sol se elevará hacia un cielo en el que habrá nubes o no las habrá.