Friday, July 31, 2015

Yo creo en el amor

(2015)

Yo creo en el amor.
Ese que retumba en tu pecho con ritmo cansino,
Ese que te quema los párpados,
Ese que paraliza tus pasos,
Ese que cae con una constante y fina lluvia
desde el cielo abovedado de tu cráneo.

Yo creo en el amor.
Ese que te ahoga en tu habitación a solas,
Ese que te encadena al pasado en la soledad de tu almohada,
Ese que tensa tu cuello hasta el hartazgo,
Ese que hace de tu inocencia un papel arrugado,
Ese que hecha aguardiente en tus heridas calientes,
Ese que te revuelve las tripas con el puño cerrado,
Ese que de pronto te ofrece redención.

Yo creo en el amor.
El que tira piedras a tu culpa hasta que se desangre,
El que dibuja la ausencia del amor en tu guitarra,
El que te da la espalda cuando más lo necesitas,
El que te desvela en la noche profunda,
El que te destapa cuando hace frío,
El que cubre de agujas tu cama fría,
El que te quita el hambre y el sabor de tu boca,
El que aumenta el ardor de tus heridas más ardientes.

En el amor yo creo,
El que te roba la atención sin tregua,
El que empina tu codo con el vino del desencanto,
El que gobierna tu conciencia con tratados masoquistas,
El que te ata las manos y echa brea en tus alas,
El que no escatima en balas cuando es tiempo de penas,
El que vomita en tu boca la espuma de la rabia,
El que domina tu voluntad y te pone de rodillas,
El que te hace creer todo aquello que no quieres creer.

El amor, ese amo que sube al cielo
en escaleras hechas de sogas.

Wednesday, July 15, 2015

Curiosidades del tren San Martín

(2009)

El ser humano alberga en su interior cualidades diversas. Vamos al Ferrocarril San Martín. 8:42 de la mañana. Verano. Vagones repletos de gente. Subo a uno de los vagones intermedios. Me ubico a dos pasos del estribo. A mi derecha, gente apretada; gente apretada a mi izquierda. Mañana apretada, suelta uno entre dientes. Frente a mí, la puerta abierta contra la pared del vagón. Y con la espalda apoyada en la pared opuesta, leo sin apuro (una mano sostiene el libro; la otra, en el bolsillo). El tren deja atrás varias estaciones. Personas suben y bajan, bajan y suben personas.
Mientras el tren detiene su marcha para frenar en la próxima estación, una señora, que se abre paso entre la gente, se coloca frente a mí. Es gorda y baja. Viste jeans y una camiseta amarilla sin inscripciones. El tren se tambalea. Acto reflejo: para no perder el equilibrio, extraigo automáticamente mi mano del bolsillo con la intención de apoyarla en la puerta frente a mí. Lo logro, no sin antes tocar una de las tetas de la señora de remera amarilla. Mi reacción es nula: continúo inmerso en mi lecutra. Naturalmente, no puedo seguir leyendo (guardo nuevamente mi mano en el bolsillo). En cambio, y como es de esperar, mi mente describe –sin ganas- la textura de la teta gigante de la señora.
No tengo idea si la señora me está mirando: no alzo la vista. Cuando el tren se tambalea por segunda vez mi mano repite su error. Del bolsillo a la puerta haciendo escala en la enorme teta de la señora de la remera amarilla. ¿Mi reacción? Continúo inmerso en la lectura, pero esta vez esbozo un tibio “disculpe”, que la señora de la remera amarilla no escucha o decide no escuchar (al menos no la oigo disculparse).
Ella se baja en la Estación Palermo sin decir adiós. Yo sigo hasta Retiro. Durante el trayecto, miro por la ventana de la puerta
El ser humano alberga en su interior cualidades diversas. Ignorar que en la vida las repeticiones son naturales, es una de ellas. Una enorme teta acuosa lo demuestra.