Tuesday, December 14, 2010

Por el placer de volver a verla

(2010)

¿Has visto alguna vez una obra de teatro que te haya emocionado? Realmente, ¿la has visto? Pues si tu respuesta es quizás o alguna vez o incluso nunca, tengo una obra de teatro para recomendarte, una obra que considero imperdible tanto por su dinamismo escénico como por su elenco mínimo, formado por dos actores de primer nivel: Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza.
Pareja en la vida real, estos dos grandes actores, de facultades simbólicamente ambivalentes, nos regalan una hora y media del mejor teatro a través de pensamientos y emociones tan profundas como simples, de escenas inolvidables y risas incontenibles.

La historia, escrita por Michel Tremblay, gira en torno a un ya maduro dramaturgo que evoca a su madre, de quien guarda un hondo recuerdo. El actor nos muestra a su madre tal cual él mismo la vivió, como su verdadera fuente inspiradora en la vida, dueña de un fuerte carácter maternal y un sentido de la vida sensible y perceptivo. Una mujer que le ha dado no sólo material para su carrera teatral. También ha sido trascendental como paradigma, por su conducta, por su vigor.

Conmovedores en el sentido literal de la palabra, Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza nos dan una señal magistral de los valores que manejamos a diario y que parecen disiparse en la rutina, de la importancia del diálogo con los integrantes de la familia, de lo mucho que cuesta crecer y de lo fundamental que es relacionarse con los otros para desarrollarse personalmente. Moviéndose por el escenario con la naturalidad propia de la experiencia, nos conceden el obsequio de la reflexión, de saber que nunca es tarde para hacer lo que alguna vez deseamos y decir lo que muchas veces tuvimos que callar. Y lo mejor de todo, que la obra sigue todavía en cartel y que seguramente será un placer volver a verla.

Monday, November 15, 2010

Nadie te lo dice

(2010)

Nadie te dice que vas a tener que enterrarlos. Lo intuyes a medida que vas creciendo, pero cuando realmente comienzas a vislumbrarlo como una verdadera posibilidad, el corazón se detiene en seco y arranca nuevamente, golpeando con más fuerza.
Es trágico darse cuenta de que pasas más tiempo pensando y haciendo cosas que no tienen sentido que aquellas que llenan realmente tu vida. Darse cuenta de que el tiempo es mucho más severo de lo que los relojes nos hacen creer. Porque el tiempo pasa y un día te das cuenta de que su caminar es más pausado, de que sus manos —viejos barcos de madera— son más frágiles, de que su piel se degenera en transparencias y arrugas evidentes y de que lo poco de cabello que les queda es blanco y fino como un racimo de nubes.
No tienes claro cuándo comienzas a advertir estas cosas. Tan solo observarlos envejecer, descubrir el lento cambio de sus hábitos diarios cuando notas que se quedan más tiempo en casa, que se ríen con más soltura, que se cuidan en todas las comidas.
Por eso comienzas a vivir más momentos con ellos. Les haces más preguntas acerca de su pasado, quieres conocer el fondo de su historia personal y terminas por entender que ellos no son solamente tus padres sino dos personas de carne y hueso que buscan, como tú, eso que nunca sabemos si habremos de encontrar.
Pero no hay nada más cruel en esta vida que el momento en el que imaginas la escena de su muerte. Muchas veces logras esquivarlo, pero otras veces parece imposible pensar en otra cosa. No lo entiendes y, sin embargo, te sucede.
Una mañana de noviembre amanece temprano y un sol huraño se eleva detrás de los edificios de la ciudad ruidosa, ocultándose detrás de algunas nubes esparcidas que lo esconden esporádicamente. Bebes tu café humeante mientras ojeas a grandes rasgos las noticias del periódico, cuando suena el teléfono.

—Es mamá —dice tu hermano.

Sólo dice eso. Con un hilito de voz, temblando. Tú sabes a qué se refiere porque está implícito en el tono de su voz. Pero no sabes qué decir. Bebes maquinalmente otro sorbo de café, cierras el periódico y, con el oído pegado al tubo, dices:

—No.

No puedes decir otra cosa, porque no has practicado para un momento como éste. Bien que podrías haber insultado al Ave María Purísima, pero sólo dices “No”. Y tú también, como tu hermano, lo dices con un hilito de voz, temblando y sintiendo, además, cómo el corazón se derrumba en tu estómago y te produce un mareo momentáneo que te impide respirar.

—Papá nos está esperando —dice tu hermano.
—Voy —dices, y cuelgas el teléfono.

Estás inmerso en una laguna de recuerdos y de ilusiones pasajeras hasta que, de pronto, como un descubrimiento atroz, tomas conciencia de tu propia condición: de que tú también has envejecido, de que en tu vejez has perdido la fuerza de tus manos de madera vieja, de que tu piel se ha arrugado en pliegues ordinarios y de que tu cabello es tan blanco como las nubes; de que tú también terminarás en un hueco en la tierra, de que tus propios hijos —al igual que tú— tal vez sólo podrán decir “No” cuando les llega la hora y de que el día en que te entierren será una mañana de noviembre en el que el sol se elevará hacia un cielo en el que habrá nubes o no las habrá.

Friday, August 20, 2010

Invocación

(2002)

(Escrito un día sin nubes)

Acércate, lluvia, acércate a este mundo. Llueve lo que quieras tu vida de techos y paraguas. Llueve tu vida pesada al borde de la oscuridad.

Llueve, y despierta los sentidos más ocultos y pacíficos de los hombres, despierta sus gestos más humanos, sus secretas heridas abiertas; despierta sus palabras de consuelo, sus silencios abrasadores, sus sensaciones nostálgicas de brazos abiertos.
Ven, acércate, y llueve sin miedo. Tu agua es licor que se desliza entre enredaderas y mejillas de mujer. Tu agua es oro transparente. Es sopor en las noches solitarias cuando el sueño no llega.

Algún día que lluevas fino, podría acercarme a ti. Levantar la mirada hacia el nimbo del que provienes y dejar que tus gotas golpeen mis ojos salados y parpadear. Jugar así, o bailar y empaparme las ropas secas de tanta soledad.

Acércate, lluvia, la ciudad te necesita. Necesita beber de tu fuente esencial, de tus manantiales sagrados, atragantada por tanta comida enlatada, ardiendo embebida por los licores de la soberbia, sufriendo por la suciedad que habita en las calles y que ensucia a la gente sin tregua.

Acércate, lluvia, para que la ciudad te pertenezca. A veces esta vida se asemeja a un jardín seco.

Acércate, lluvia, y levanta mi espíritu, orienta mi luz. Refuerza mi fragilidad. Despierta mis sueños olvidados. Endulza mis sueños perdidos. Encandila a mi diablo sin freno. Juega en mi alma con tu agüita divina, y alimenta la dicha que se oculta en mi ser.

Te extraño, lluvia, te extraño...

Tuesday, July 13, 2010

El partido de fútbol

(2005)

Es una noche sin luna. En un estadio colmado de almas enardecidas se juega un partido de fútbol: el equipo negro versus el equipo blanco. Llueve. Las hinchadas se reparten cánticos que despiertan las pasiones más ocultas. Laten.
El equipo negro gana uno a cero. Ultima jugada. El jugador número cinco del equipo blanco inmoviliza la pelota en el medio de la cancha, estudiando los espacios, proyectándolos, y abriendo la cancha hacia la derecha, al jugador número cuatro quien, al recibirla, avanza unos pasos y se la pasa en diagonal al jugador número ocho. Combinando un exquisito triángulo imperfecto, el jugador número ocho se la devuelve al jugador número cinco que se aproxima, decidido, por el medio de la cancha. Como toros, dos jugadores del equipo negro salen a marcarlo, barriendo, uno de ellos, el césped que brilla por la lluvia.
Desde todos los rincones del estadio, el aliento de las hinchadas baja al campo de juego como un ejército de fantasmas. El jugador número cinco del equipo blanco proporciona un pase frío, profesional al jugador número diez por entre las piernas de uno de los toros del equipo negro, chocándose contra el otro defensor. El jugador número diez recibe la pelota, enfila hacia el arco (el arquero preparándose para lo que venga, empezando a sentir que forma parte de la jugada), amaga pegarle al arco cuando un defensor se arroja a sus pies al borde del área grande —el hondo silencio del estadio suspendido en el tiempo— lo elude con un salto y, enganchando hacia afuera, le da de lleno a la pelota.
Desde el otro arco, en cuclillas, el arquero del equipo blanco ve la pelota —su ilusión— atravesar la lluvia hasta perderse entre la hinchada.
Con un brazo extendido hacia el centro de la cancha, el árbitro pita el final del partido. Contemplando la escena final de las dos caras del juego —los rostros mudos y los abrazos alegres— la hinchada perdedora arde tristemente, uno al lado del otro, como fotografías que se prenden fuego.
En pocos segundos, el estadio se traga a la muchedumbre; todos marchan solitarios, empapándose, apesadumbrados llorando la derrota. Todos, menos ese hombrecito que, sonriendo secretamente, se está yendo del estadio con la pelota bajo el brazo.

Saturday, May 1, 2010

Luna de Madrid

(2010)

A Lorena

Caminábamos bajo la luz de una luna que se perdía detrás de edificios limpios y amontonados. A veces, sin darnos cuenta, nos tocábamos los hombros. Sin tocarnos las manos, sacábamos inocentemente una pelusita de su blusa o un pelo de mi gabán. Algo dentro, en el núcleo de nuestra esencia, nos dirigía, pero la lógica de los que recién se conocen nos mantenía en un estado de alerta, de observación próxima. Nos examinábamos. El tacto estaba siempre presente, como un reptil pegado a una piedra. A medida que caminábamos, la luna aparecía y desaparecía entre los edificios. La buscábamos. Y, porque la buscábamos, terminábamos deteniéndonos en detalles nimios: el interior de un departamento iluminado por velas en el que sólo de distinguían siluetas deformes, un tendedero lleno de ropa adyacente a una ventana cubierta de macetas, un gato saltando desde un tejado, un bebé en brazos de una mujer enorme, una cocina tenuemente iluminada donde un señor de corbata, parado, con los ojos perdidos, bebía del pico de una botella de vino. Y así íbamos, arrimándonos lentamente al templo de los besos, dando vueltas por una ciudad que no nos tocaba y que sin embargo nos pertenecía, lejos de la rutina de platos sucios, metros colmados y rápidos almuerzos solitarios.
Amantes desconocidos en las vísperas de la pasión corporal, escuchábamos las historias del otro con prudencia, intentando archivar cada palabra, cada detalle, elaborando secretamente analogías imposibles con las propias historias personales, con la intención oculta de que se correspondan. Atravesábamos monumentos ignorados, fuentes inactivas en plazas desoladas, callejuelas desiertas, alcanzando avenidas atareadas en cuyas veredas las gentes nos pasaban desapercibidas y tan sólo nos alcanzaba con atisbar la lívida silueta de la luna, una vidriera de instrumentos musicales, la risa de una niña camuflada en la multitud, un grupo de ancianas empolvadas de fiesta, una pareja que, en la sombra, se descubría en una confusión de manos y de gemidos.
Eran también las palabras. Palabras que emergían, impertérritas, desde un interior que nos resultaba ajeno y que sin embargo fluía en un tropel empalagoso. Emergían desde un sitio que creíamos perdido, pero que, al final de la noche, después de cafés incontables e historias insospechadas, comprendimos que había estado deshabitado, como esas casas de verano que sufren la soledad sofocante de la indiferencia y el olvido, y en las cuales, una vez la época estival ha regresado, cobran nuevamente la calidez de la vida —las ventanas abiertas dejando que el aire refresque y purifique tanto encierro sin vida— a causa de la gente que la habita.
Íbamos así, y no basta con decir que cada paso era el símbolo de lo que vendría, de besos y de caricias en cálidas noches invernales, junto al fuego o debajo de las sábanas, leyendo poesías en cafés sin nombre, inmersos en un mundo que sólo encuentran los que buscan sin descanso.

Tuesday, March 16, 2010

Scintillating Venuses



(2009)

(Poema inspirado en la pintura de Kriss Lewis)

Desde las fauces trepa un quejido insensato
Que, ausente de salud, asciende hasta los ojos
Las flores disimulan cardos acallados
Y pétalos ásperos que se guarecen en la boca

Bebes de una botella llena de piedras
Que descienden por la garganta:
Escupitajos y vómitos de nostalgia

Colinas descoloridas, arroyos secos
Espejo del cielo en la tierra
¡Sin tacto no hay materia!

Sed etílica y ensueño: los senos descubiertos,
A la vera de una mañana con lluvia, los guantes,
Rescoldos de té tibio, un periódico mojado,
La influencia de manos ajenas en el cuerpo, el azúcar

Mas no habrá cristales quebrantados
Que no evidencien el desenlace de un amor
Cuando la locura abarca a un espíritu
Que ha enviciado su fe

Thursday, February 25, 2010

La noche secreta

(2009)

Nos derrumbamos al sueño. Abrimos otras puertas. Damos pasos precisos, impensados. Contemplamos árboles azules que acarician campos de guerra. Son noches de pájaros que tiemblan. Anidamos en fronteras que nacen a destiempo (como todo en la vida). Navegamos mares sin sombra hacia bosques inciertos.

La penumbra es sorda. Sorda, la locura. La máquina divierte con cuentos de hadas. Una máquina que alza muros, que cierra puertas. La dignidad se acerca cada vez más a la ciudadela de las utopías. Es la victoria de la máquina y su amante perfecta la tragedia.

Nosotros buscamos y rebuscamos —en los desiertos de la memoria colectiva— el modo de derrotar a la máquina, de burlarla. Buscamos esa llave. La llave. La buscamos a través de túneles y senderos, en esa profundidad donde no existen los precipicios.

Navegamos mares sin sombra hacia bosques inciertos.

Todo lo que crea el hombre perece. Todo se resume en una certeza: somos mortales. Esa certeza que nos roba el sueño, que nos mantiene vivos: el arduo trabajo de su aceptación.

Nosotros persistimos: buscamos y rebuscamos. Y, navegando mares sin sombra, entrevemos un bosque. Y en ése bosque nos perdemos, erramos. Ese bosque es nuestra encrucijada, nuestro laberinto. Ese laberinto donde las imágenes nos derrotan en días de sol. Búhos malheridos que arremeten contra la noche en carrozas sin freno. Búhos que tiemblan, frágiles, distantes.

Serán las invasiones de búhos sedientos, equívocos. Invasiones infrahumanas que no permitirán la unión entre el cuerpo y el alma. Será eso: la certeza de la mortalidad. La separación de las razas. Esa certeza escultórica que destemplará nuestra noche secreta, reduciéndola a fragmentos, a escenas repetibles, a ilógicos lenguajes azarosos. Esa certeza de que hay otras vidas: vidas que perecerán en imágenes burlescas, imágenes de vidas usadas. El hechizo de nuevos mundos sin la incertidumbre de la ambiguedad .

Entonces, cuando nuestra noche secreta descubra el velo de nuestras insolencias, cuando las hechicerías baratas eleven su fragancia en humeantes bálsamos lozanos y nos produzcan un sabor astringente en nuestras mudas bocas incómodas, cuando nuestros cuerpos cedan a pandeos de mimo, cuando nuestras mentes se desvíen en revoluciones centrífugas y cuando nuestros ánimos desvirguen a nuestros pensamientos más áridos y dañinos, sólo entonces renaceremos. Renaceremos en forma de pulpos terrenales, de leones acuáticos, de pájaros astrales, renaciendo hacia nuevas vidas inocuas. Renaceremos hacia destinos instintivos, en embriones de tierra y de luz. Nuestros ojos organizarán los elementos de un mundo que se nos presentará orgánico. Nuestra visión será la patología funcional del presente continuo. Arrojaremos a la hoguera los pandemonios de la modernidad. Y, con una sonrisa perspicaz, reinventaremos los átomos de nuestra propia existencia. Por los siglos de los siglos.

Saturday, January 30, 2010

Homenaje a Amelia Earhart



(2009)

Cuna de alas que se estropean sin descanso
Con la marcha inalterable del tiempo,
De ojos como entes omnipresentes.
Donde se esparcen pequeños árboles estáticos
Contra horizontes insólitos de sombras inconmensurables.

En el aire hay también un puerto
Y hay aves y nubes y distancia.
Humo de hélices en el viento,
Memoria de estelas imperceptibles:
Las huellas innúmeras del género humano.

Aroma de sales etéreas
Caída, vértigo, augurio, abatimiento.
Despertar hacia propias esencias ocultas
Y aprehender ese destello fulgurante
Que ofrecen las pasiones primarias.

Puerto de almas que sueñan en secreto:
Una mujer es una casa
Con hogar a leña y plantas y jueves
Y el anhelo íntimo de alcanzar en soledad
Las arenas insoslayables de la existencia.

Monday, January 25, 2010

Sobre el destino

Extracto de Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato

(…) Porque el destino no se manifiesta en abstracto sino que a veces es un cuchillo de un esclavo y otras veces la sonrisa de una mujer soltera. El destino elige sus instrumentos, en seguida se encarna y luego viene la joda. (…) El destino no puede andar eligiendo en forma tan ajustada a la gente que le va a servir de instrumento. Del mismo modo que si vos estás apurado para llegar a un lugar, cosa de vida o muerte, no te vas a andar fijando mucho si el auto está tapizado de verde o el caballo tiene una cola que te disgusta. Se agarra lo que se tiene más a mano. Por eso el destino es un poco confuso y un poco equívoco: él sabe bien lo que quiere, en realidad, pero la gente que lo ejecuta, no tanto.

Monday, January 4, 2010

Desierto de sueños cortados

(2010)

(Este desierto en el pecho nadie lo va a llenar, de JCB)

Nacieron del silencio y de la indiferencia hebras de sueños cortados. Nacieron en el desierto, y desde sus fauces una voz vociferó, a más no poder, el desconsuelo de su miseria. Nacieron del gesto de un par de manos negras que recogieron, y aún recogen, las sobras de ilusiones rechazadas por dioses indolentes.

En el fondo, somos un árbol que se erige en la soledad del desierto, ese vasto desierto indescifrable que nos define, zona susceptible a acoger selectivamente la esencia del prójimo, de almas anónimas que nos alcanzan sin darnos cuenta, hasta el momento en que descubrimos, no sin conmovernos, su presencia, en que comprendemos que sus palabras alimentan, con trozos de sueños, el vientre de nuestro árbol desértico.
Y ahí están, almas anónimas bebiendo tranquilamente un refresco a la sombra de nuestra soledad, soñando ya no sabemos qué pero qué importa si ellos están ahí y sueñan y beben su refresco a la sombra de nuestra soledad.

En la esencia de cada mirada existe todavía la esperanza, todavía la creencia de que mañana será mejor (de que mañana seremos mejores), de que, desde una perspectiva axiomática, esperaremos el momento adecuado para alcanzar otra dimensión, repantigados nuestros cuerpos en sillones de mimbre, deleitados nuestros sentidos en la imagen del sol que se oculta, en la lluvia que moja la tierra y golpea los techos, en el ronroneo de un gato en el regazo, en la luna que se afirma pálida en la noche que anida en nuestros ojos.

Desde la intimidad, sin escrúpulos, cuestionaremos nuestra existencia. Con una brújula y un cuchillo, mantendremos los ojos abiertos y nos preguntaremos hasta cuándo. Hasta cuándo tanta jactancia y tanto engaño. Hasta cuándo tanta apariencia y tanta confusión. Hasta cuándo tanta cobardía. Dejaremos los prejuicios de lado y aceptaremos el tabú más funesto que corrompe las entrañas de nuestro tiempo: sí, finalmente aceptaremos que el poder del amor es el poder que mueve los hilos del mundo, que sin él, que sin su fuerza, no somos más que barquitos de papel sin más faro que la boca de una alcantarilla.

No hay alma que no sueñe, ni bien que por mal no venga. Y así como un niño imagina múltiples vidas incontables veces en el teatro de su cabeza, así un hombre, por más miserable que se sienta, también —por inercia humana— las imagina, porque la esperanza muerde pero no envenena, y esa tendencia canalla a cerrar los ojos ante las mafias del miedo y la cobardía —adquirida en etapas de incertidumbre— será sólo el recuerdo borroso de una pesadilla.

El símbolo de nuestra era será de carne y hueso. Humano, será. Llevará tu nombre, el mío: llevará todos nuestros nombres grabados en su cuerpo. Trabajará, respetará y valorará a la tierra —su otra madre. Tendrá memoria. Compartirá. Al ritmo de tambores y de voces, celebrará cada noche la fiesta de la vida. Se entregará: amplio, fino y vigoroso. Aguja y madeja en mano, unirá los trozos de tantos sueños cortados sin razón, bajo la sombra de su árbol desértico uniendo trozos de sueños —que nacieron del silencio y de la indiferencia—, abrazado a la utopía de un mañana mejor.

Saturday, January 2, 2010

La vie est une marelle

(2009)

El día había pasado sin sobresaltos. Ya era de noche y yo viajaba en una de las líneas del Metro de París. Acomodado en uno de los asientos, las piernas cruzadas, los ojos cerrados, imaginaba que viajaba en un coche atravesando hileras de árboles.
El tren se detuvo en la estación Lamarc-Coulaincourt, una oleada de gente ocupó los asientos. Alguien se sentó a mi lado. Abrí los ojos. No sé qué es lo que sentí al verlo en ese momento, pero supuse que era un espejismo y cerré los ojos. No habían pasado ni cinco segundos cuando la voz de esa presencia que se había sentado a mi lado me susurraba al oído “la vie c’est une marelle, une marelle” y luego se apagaba, dejando lugar al sonido de los vagones del Metro y el murmullo de los pasajeros.
Creí reconocer la voz, que se correspondía con su apariencia, pero las leyes de la física me impedían creerla. Me sentí repentinamente abrumado. Decidí mantener los ojos cerrados. Mi decisión implicaba imaginar todo lo que sentía, imaginarlo al punto de convertirlo en imágenes que alimentasen esas sensaciones que me abrumaban.
Así y todo, la curiosidad ganó terreno. Cuando abrí los ojos y vi nuevamente su rostro, todas esas elucubraciones que mi imaginación había inventado se diluyeron en las formas de esa presencia física sentada a mi lado. Ya no los cerré.
El hecho de haber visto su rostro fue impactante, indescriptible. Fue como si hubiese movido, en un acto de voluntad, los bloques del tiempo, como si —aún más increíblemente— otra dimensión se hubiese acoplado en la realidad, como en un holograma. Estaba envuelto en una lámina de silencio: no escuchaba el sonido de los vagones ni de la gente que entraba y salía de ellos en cada estación.
Él me miraba impasible, con esos dos ojos enormes que pestañeaban infantilmente, y su boca pronunciaba una vez más “la vie c'est une marelle, une marelle” y concluía con un suave “oui, mon ami: une marelle”.
Desorientado, eché una rápida mirada al vagón: la normalidad que encontré me calmó, excepto por la presencia de una mujer. Tendría unos treinta años. El cabello le caía sobre el cuello plegado de un sobretodo negro. De pie, apoyada en un hombro sobre el marco de la puerta y las manos en los bolsillos del sobretodo, la señorita me miraba con una sonrisa perspicaz.
Nos miramos unos instantes. Luego ella hizo algo que no entró en mi campo de razonamiento: sin voz, sólo moviendo los labios, dijo “la vida es una rayuela, una rayuela”. Todavía desconozco cómo hice para entender lo que me estaba diciendo con sólo mover los labios, pero juro que lo entendí. Lo más increíble fue que, mientras me decía eso, con su dedo índice y una sonrisa enorme dibujaba en el aire las líneas de una rayuela. Aparté los ojos, sin control sobre mis pensamientos: una anciana sostenía un paraguas, un hombre leía el periódico, un niño dormía en el regazo de su madre.
Desde los altoparlantes una voz anunció la próxima estación. Volví la mirada a mi acompañante. Asintió, como si estuviese dándole la razón a La Maga, que una vez más movía los labios soltando esa frase que entraba en mi intelecto como un barco en una botella. Entonces él se levantó y se dirigió hacia ella, alto y pausado en sus movimientos fue hacia La Maga, la tomó de la mano, susurró algo a su oído, besó su cuello. Me miraron una vez más, sonrientes.
Descendieron en la estación Montparnasse, tal vez finalmente dispuestos a regresar a su morada de mármol, siquiera dispuestos a atravesar los límites de este mundo, dispuestos a alcanzar esa zona donde el amor no necesita de las formas, sino de presencias eternas y rayuelas infinitas.