Thursday, January 19, 2012

Pina

(2012)


En principio, diré lo primero que pensé cuando terminé de mirarlo: tendría que haber más films como Pina. Mejor dicho: films como Pina deberían tener más promoción en el mercado.

Pina es una película de Wim Wenders que homenajea a Philippine Pina Bausch, bailarina alemana, posteriormente profesora y una de las coreógrafas de danza contemporánea más peculiar de nuestro tiempo.

El film es una pieza bellísima editada con eficacia magistral. Pero no es una biografía. Todo gira en torno a sus trabajos en la danza. Es la vida de la artista desde el punto de vista de sus alumnos y colegas de trabajo, es decir, la vida de Pina a partir de la visión de aquellos que la trataron y que de ella aprendieron. Dueños de una originalidad sin fronteras, los bailarines de la Compañía de Pina nos revuelven el estómago como peces en una pecera. Nos inspiran a cada instante, nos incitan a creer en la danza como la expresión más elevada del arte.

El film también despierta, por si fuera poco, nuestros sentidos más ancestrales a partir de coreografías exquisitas representadas en sitios tan sugerentes como sencillos: en el bosque, en una casa de cristal, en la cima de una colina, en un escenario cubierto de tierra; en el exterior de una fábrica, en la calle junto a un semáforo, en un escenario donde los dos elementos únicos son una enorme piedra negruzca y la lluvia que cae.

Por último, me repetiré. Diré, nuevamente, lo que pienso: tendría que haber más films como Pina.

Sunday, January 15, 2012

Cosas que quedan

(2012)

In memorian Alfredo H. Vanini

Hace muchos años, mi abuelo me recomendó que viera la película El Ciudadano Kane. Fue una tarde destemplada en el balcón de su departamento de Devoto.

Esa tarde, como tantas otras, yo lo visité más por insistencia de mis padres que por voluntad propia. En esa época yo estaba en otra, como se dice. Todavía no lo sabía, pero esa visita sería la última antes de su partida final.

En su casa, que para mí siempre olía a farmacia y sabía a Seven Up, uno tomaba té. Al menos yo. Y con leche, porque según mi abuelo “el té sólo no hace nada, nene, vos tenés que alimentarte, que estás muy flaco” y llamaba a su criada para que le ponga una gotita de leche al té que yo terminaba tomando sin ganas para darle el gusto a él.

Esa tarde no fue la excepción: té con leche en el balcón. Un balcón amplio con algunas macetas a las que nadie prestaba atención y que la intemperie se encargó de estropear. Él vestía su usual pantalón de lino, un pullover y su gastado gorro marrón. No sé cómo salió el tema, supongo que como salen todos los temas. Quizás yo le comentaba la última película que había visto, que a él no le llamaba la más mínima atención (porque parecía estar siempre pensando en otra cosa), cuando de pronto me dijo, con esa voz quebrada por los años “vos tenés que ver El ciudadano Kane, nene. Ésa es una película”. No recuerdo lo que hablamos después. Sólo recuerdo ese fragmento de la conversación.

Lo que sí recuerdo (y aquí hago un inciso) es el día en que me lo encontré en la Plaza de Devoto (frente a su casa) hablando con una mujer de su edad. Recuerdo que en realidad no hablaban como hablan dos ancianos cuando uno los ve en las plazas, sentados mirando en la distancia, moviéndose con lentitud, hablando con ternura. Sino que recuerdo ver a mi abuelo un poco inclinado hacia ella, con una sonrisa de galán que se le veía a leguas y su gastado gorro marrón en una mano. Recuerdo que pensé “le está tirando los galgos”. Y yo, inocentón, fui a interrumpirlo. Él me miró de soslayo y me reconoció, sonrió con la tristeza de quien siente que está por perder algo, me permitió darle un abrazo. No pude decir palabra. La mujer aprovechó para irse, pero el abuelo, rápido como pocos, no la iba a soltar tan rápido. Me dio a entender que ese no era el momento indicado para una relación abuelo-nieto, me dio 20 pesos (que en ese entonces era un dineral para mí) y se fue a perseguir a la señora. Y yo, saboreando mi suerte, volvía a casa como un hombre hecho.

Y luego, una noche, una bandada de pájaros se lo llevaba al más allá. Esa misma noche, yo quise verlo. Quise saber de qué estaba hecha la muerte. Y descubrí lo que todos descubrimos con el tiempo: que la muerte está hecha de vida, de las vidas que nos acompañan, que nos influyen, que nos aman, que nos lastiman, que nos inspiran. Esa noche, el abuelo me enseñó a llorar de rodillas al pie de su cama, a comprender que el cuerpo está hecho de alma y que, cuando el alma parte, el cuerpo expira y sólo quedan recuerdos y nostalgias.

Son esas cosas que nos quedan, pequeños fragmentos que otras vidas nos obsequian. Como el aroma de la primera mujer, como la soledad de las playas en invierno, como flores marchitas en un florero, como las cuerdas de una guitarra que ya nadie toca. Fueron varias las cosas que me quedaron de él, pero una más latente que las demás, quizás porque no había sido completada todavía: ver El Ciudadano Kane. Muchas veces tuve la intención de alquilarla, pero siempre surgía otra película que la relegaba a un lugar secundario. Quizás el destino quería que así fuera. De modo que ayer decidí honrarlo y alquilé El Ciudadano Kane. Con mi compañera, no pudimos más que aplaudir la elección de la película. Hacía mucho que no veíamos un film tan convincente. Pero el film en sí mismo fue algo secundario, porque lo primero que se me ocurrió pensar es que tal vez mi abuelo fue o quiso ser ese ciudadano que buscó y perdió y buscó y perdió otra vez. Que tal vez nadie nunca supo que también él vivió otros amores que guardó para sí, que también él se reservaba, a su manera, el secreto de su añorado Rosebud.

Ahora sé que sólo me quedan estas palabras, que quizás saben a poco, embarradas por la nostalgia y el recuerdo, pero es con estas palabras que decido saludarte, abuelo, y agradecerte la película, el recuerdo feliz de los veinte pesos, mi predilección por la Seven Up, tu gorro desgastado, el té con leche que tomo cada mañana antes de ir a trabajar y tantas otras cosas que regresan a mi memoria cada día.

Friday, January 13, 2012

Perdón con elefantes

(2012)

Una pareja viajó a México. Recorrieron ciudades, subieron pirámides aztecas, las bajaron; descubrieron historias secretas de Teotihuacán, saborearon la sopa de pueblos indígenas, creyeron ver la sombra huidiza de Moctezuma.

La pareja se hospedó en hoteles. Fue precisamente en uno de ellos donde sucedió: a causa de un atraco, les pidieron perdón con elefantes.

Una noche como cualquier otra, la pareja hacía tiempo en el lobby del hotel. Intercambiaron comentarios del viaje, jugaron con el móvil, leyeron revistas de actualidad. Luego, subieron a la habitación. Al poco, volvieron a bajar para cenar. Cuando regresaron a la habitación, a él le faltaba el móvil. Ella llamó a la recepción del hotel. Eran las once de la noche.

El conserje de turno no supo manejar la situación. Cuando el jefe de recepción llegó, dijo que era imposible que lo hayan robado.

Nadie tiene acceso a las habitaciones después de las cinco de la tarde a menos que así lo requieran los clientes, dijo.

Pensaron en la posibilidad de haber olvidado el móvil en el restaurante, pero nadie lo vio allí tampoco. El caso terminó ahí, porque eso quiso la pareja, más que nada porque no querían preocupaciones así en época de vacaciones.

Sin embargo, porque los hoteles están orientados al servicio al cliente, porque creen (o quieren creer) que el cliente no sólo tiene siempre la razón sino el derecho a tenerla, la mañana siguiente decidieron organizar un perdón original por el inconveniente ocasionado.

Al regresar a la habitación después de un día largo de monumentos y tortitas y enchiladas picantes, la pareja encontró las toallas del baño dispuestas de una forma particular: tenían forma de elefantes. Por qué no el lobo mexicano o el águila real, animales típicos de México, no lo sabremos nunca. Lo que sí sabemos es que ésa fue la curiosa manera que encontró la Gerencia del Hotel para pedir perdón por las molestias ocasionadas.

Tuesday, January 10, 2012

La pequeña flauta mágica

(2012)


El teatro, la ópera y Mozart, otra vez. El bello teatro que nos permite vivir una y otra vez situaciones que habíamos olvidado, extraviadas en el desorden de la memoria.

Te invito al teatro a ver la ópera La Flauta Mágica, de Mozart, en versión infantil, es decir La Pequeña Flauta Mágica, para que vuelvas a descubrir por qué nos gusta tanto sentarnos en una butaca y ver al Rey Sol, a la Reina Luna, al Papageno, a la Princesa Pamina y al Príncipe Tamino apoderarse del escenario con la gracia de gacelas elegantes. Estos músicos y cantantes nos enseñan a sentir la ópera de otra manera. El pianista, con sus manos prodigiosas; los cantantes, con sus voces de mirlo despertando nuestros sentidos musicales; la flautista, enseñándonos con cada nota que el viento está hecho de música.

Una obra grande para los más pequeños que nos demuestra una vez más que la magia de la ópera todavía puede encontrarse en los escenarios de Madrid.

Friday, January 6, 2012

Diez negritos, de Agatha Christie

(2012)

No son muchas las veces en las que se define a un autor con las palabras adecuadas. He aquí la prueba de que se puede: Agatha Christie ha sido bien clasificada como la Dama del misterio. Me ha hechizado, he sido absorbido en su mundo gracias a una prosa limpia y un argumento trabajado. Un solo libro leído ha bastado para darme cuenta de que tenía en mis manos la prueba indiscutible de que existe (existía) un autor que sabe (sabía) como llevar al lector a donde quería, que sabía cómo hacerte pensar en una cosa que luego resultaba tan infantil al descubrir lo que sucedería más adelante. Página tras página he caído en la trampa. Pero más que nada, he caído en las redes de su fantasía, en la dependencia más hermosa del mundo: sus libros.

Ten little niggers. Diez negritos. Así se llama la novela. Convengamos en que ya el título es atractivo. Y provoca. Asombro, desasosiego, sorpresa, turbación son algunos de los adjetivos con los que podría caracterizar al libro. En resumen, diez personas que no se conocen coinciden en una isla en las costas de Devon, en Inglaterra. Uno a uno, mueren. Misteriosamente, claro.

Ahora, esta fría noche de Enero de Madrid, me pregunto cómo serán los próximos libros que leeré de ella. ¿Me bastarán para acallar esta sed repentina que me devora? ¿Serán suficientes para calmar esta impaciencia de principiante, este flamante deseo que aflora? Tengo en mis manos Asesinato en el Orient Express, y no veo la hora de comenzarlo.

No me es indistinto el pensar de algunos críticos que descreen de la capacidad de autores como ella. Críticos que dicen que Agatha Christie no es nada en comparación con, por ejemplo, Juan Rulfo. Desde mi punto de vista, la comparación es inútil. ¿Acaso no es obvio que no se pueden comparar? La cuestión es simple: saber discernir entre dos autores diferentes, con diferentes estilos y diferentes propuestas. Todo el que haya leído a Rulfo sabe que ese señor era un maestro. Pero por qué no decir lo mismo de Agatha Christie. ¿Porque escribió novelas de misterio? ¿Acaso Pedro Páramo no es a su manera una novela de misterio? No juzguemos, no nos impongamos prejuicios inútiles. Leamos aquello que queramos leer, de eso se trata. Borges decía “si uno lee un clásico y se aburre hay que tirarlo”. Conclusión. No nos impongamos lecturas. Disfrutemos. De Rulfo, de Christie, del cronista de La Nación o el poeta que recita versos de otros. Por sobre todas las cosas disfrutemos, que para eso están los libros.