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Crónicas marcianas

(2011)

Ray Bradbury escribió Crónicas Marcianas en los años cuarenta. Si nos situamos en aquella época, los que no hemos vivido en aquél tiempo, comprenderemos sólo una parte del valor de su obra. Una época en la cual el viaje al espacio y la posibilidad de otra vida fuera de la Tierra conquistaba a los norteamericanos, alcanzando dimensiones elevadas. Para los que leyeron Crónicas Marcianas apenas publicado, habrán seguramente experimentado el terror, la sorpresa y la inimaginable vida marciana imaginada por Bradbury.

No soy lector de ciencia ficción, pero este libro me da pie a pensar que tal vez en este tipo de libros exista algo más que una invención de posibles futuros. Un lector avispado logrará entender que el espacio elegido (y el género) no son más que superficiales, las paredes exteriores que salvaguardan el interior de la casa, su verdadero mensaje: que ya en aquella época se vislumbraba la tragedia que supone el capitalismo, la involución de las sociedades en términos humanos, y la caída del humano en sí mismo.

Un libro para disfrutar… pensando en un mañana mejor.

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¿Adónde me lleva la vida?

(2016)
Me detengo. Me siento.
Tengo la sensación de tener la cabeza en muchas partes y en ninguna a la vez. Como los fragmentos de una imagen esparcidos en un lago quieto.
El tiempo se mueve al ritmo de las manecillas del reloj. Un reloj detenido es la prueba brutal de que el tiempo sigue su curso, de que tanto tiempo como espacio están en constante movimiento.
Cada día comprendo que nadie es perfecto, que la suerte ya está echada. Y que, sin embargo, todo puede cambiar.
Es la vida la que nos mata, no la muerte. Y a ella nos aferramos.

Me pongo de pie. Empiezo a andar. ¿Adónde me lleva la vida?

El pianista

(2011)

Me lo puedo imaginar. Al principio un poco tenso. No es fácil convivir con la idea de que afuera hay un público, de que el teatro está lleno. A medida que pasan los segundos, mientras se acerca al piano, se siente más relajado, más concentrado. Cuando le llegan los aplausos en oleadas casi ineludibles (al menos para él), su paso indica el andar seguro de los que saben lo que hacen.

El pianista acerca la silla al piano, se sienta. Levanta, con sensualidad trascendente, la tapa del piano, y descansa sus manos en las rodillas. Parpadea con lentitud. Parece pensar, pero en realidad está observando el piano. No obstante, ya sabemos que un pianista no es trivial y que lo que en rigor observa es la imagen de sí mismo sentado frente a ese piano. Se observa a sí mismo porque está buscando en su interior lo que todo pianista busca: el movimiento. Ese momento indicado en el que comprenderá que lo único que falta en su vida está en las teclas de ese piano. Por su cabeza pasan blancas y corch…