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El ascensor

(2014)

El edificio donde vivo tiene un pequeño ascensor. Mi departamento se encuentra en el último piso: el quinto. El ascensor tarda, sin interrupciones, 20 segundos más o menos desde la planta baja hasta el quinto piso.

Muchas veces, apenas entro en el ascensor, y después de pulsar el botón del quinto, abro un libro que venía leyendo de regreso del trabajo. Muchas de esas veces, absorbido por la lectura, me veo empujado a salir del ascensor cuando en realidad me gustaría que el cubículo continúe subiendo indefinidamente.

Por alguna razón, encuentro que el ambiente del ascensor es propicio para la lectura. No sé a ciencia cierta si podría explicarlo. Sé, sin embargo, que cada vez que leo algo en ese cubículo cerrado que me eleva en el espacio, me encuentro a gusto.

Pero eso sólo me pasa con la lectura. Si en vez de un libro lo que llevo es una bolsa con verduras, entonces el ascensor se me antoja como un elemento más que me permite llegar a mi piso sin esfuerzo físico.

Confieso que alguna vez intenté subir y bajar en el ascensor mientras leía, pero no conseguí que el ambiente del ascensor se mantenga como en esos 20 segundos iniciales. Por lo tanto he comprendido que, de cualquier manera, no podré cambiar ese pequeño goce de pocos segundos en el que disfruto la lectura como lo haría en un sillón junto a una ventana donde golpea la lluvia.

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¿Adónde me lleva la vida?

(2016)
Me detengo. Me siento.
Tengo la sensación de tener la cabeza en muchas partes y en ninguna a la vez. Como los fragmentos de una imagen esparcidos en un lago quieto.
El tiempo se mueve al ritmo de las manecillas del reloj. Un reloj detenido es la prueba brutal de que el tiempo sigue su curso, de que tanto tiempo como espacio están en constante movimiento.
Cada día comprendo que nadie es perfecto, que la suerte ya está echada. Y que, sin embargo, todo puede cambiar.
Es la vida la que nos mata, no la muerte. Y a ella nos aferramos.

Me pongo de pie. Empiezo a andar. ¿Adónde me lleva la vida?

El pianista

(2011)

Me lo puedo imaginar. Al principio un poco tenso. No es fácil convivir con la idea de que afuera hay un público, de que el teatro está lleno. A medida que pasan los segundos, mientras se acerca al piano, se siente más relajado, más concentrado. Cuando le llegan los aplausos en oleadas casi ineludibles (al menos para él), su paso indica el andar seguro de los que saben lo que hacen.

El pianista acerca la silla al piano, se sienta. Levanta, con sensualidad trascendente, la tapa del piano, y descansa sus manos en las rodillas. Parpadea con lentitud. Parece pensar, pero en realidad está observando el piano. No obstante, ya sabemos que un pianista no es trivial y que lo que en rigor observa es la imagen de sí mismo sentado frente a ese piano. Se observa a sí mismo porque está buscando en su interior lo que todo pianista busca: el movimiento. Ese momento indicado en el que comprenderá que lo único que falta en su vida está en las teclas de ese piano. Por su cabeza pasan blancas y corch…