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La viejita

(2015)

La memoria es una señora muy viejita. Tiene el pelo blanco de las gaviotas y los ojos hundidos como barcos en alta mar. Los pliegues de sus arrugas son médanos helados. El viento los heló.
Lo más bello es muchas veces aquello que más temor nos provoca. Cada mañana, la viejita prepara su taza de té y abre el periódico del día. Lo disfruta porque sabe que será el momento más bello de la jornada. Pan tostado con manteca y mermelada de frambuesas. Una manzana verde, algunas almendras. La luz entrando por la ventana, y el temor.
A la viejita nunca le gustó hojear las cosas que pasaron en el tiempo. ¿Quién quiere trabajar en algo que no le gusta? Nunca hay respuesta. Ella, la viejita, tiene que leer, cada día, después del desayuno hasta entrada la madrugada, sin tiempo más que para una ensalada y un vaso de vino, todos los acontecimientos sucedidos hasta la fecha. Revisarlos, repasarlos, ojearlos, repasarlos, revisarlos.
La viejita es sabia: sabe que mucho papel genera polvo que luego genera estornudos que luego generan alergias que luego. Pero es higiénica, la viejita: a veces se la ha visto, con lejía y detergente en mano, limpiando la casa de arriba abajo.
Su trabajo es arduo. No cobra nada. No tiene seguridad social. Su salud es un misterio: los médicos dicen que es imposible tratarla. Trabaja mucho. Duerme poco y poco come. Con condiciones así, ¿quién puede reprocharle algo a la viejita?

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¿Adónde me lleva la vida?

(2016)
Me detengo. Me siento.
Tengo la sensación de tener la cabeza en muchas partes y en ninguna a la vez. Como los fragmentos de una imagen esparcidos en un lago quieto.
El tiempo se mueve al ritmo de las manecillas del reloj. Un reloj detenido es la prueba brutal de que el tiempo sigue su curso, de que tanto tiempo como espacio están en constante movimiento.
Cada día comprendo que nadie es perfecto, que la suerte ya está echada. Y que, sin embargo, todo puede cambiar.
Es la vida la que nos mata, no la muerte. Y a ella nos aferramos.

Me pongo de pie. Empiezo a andar. ¿Adónde me lleva la vida?

El pianista

(2011)

Me lo puedo imaginar. Al principio un poco tenso. No es fácil convivir con la idea de que afuera hay un público, de que el teatro está lleno. A medida que pasan los segundos, mientras se acerca al piano, se siente más relajado, más concentrado. Cuando le llegan los aplausos en oleadas casi ineludibles (al menos para él), su paso indica el andar seguro de los que saben lo que hacen.

El pianista acerca la silla al piano, se sienta. Levanta, con sensualidad trascendente, la tapa del piano, y descansa sus manos en las rodillas. Parpadea con lentitud. Parece pensar, pero en realidad está observando el piano. No obstante, ya sabemos que un pianista no es trivial y que lo que en rigor observa es la imagen de sí mismo sentado frente a ese piano. Se observa a sí mismo porque está buscando en su interior lo que todo pianista busca: el movimiento. Ese momento indicado en el que comprenderá que lo único que falta en su vida está en las teclas de ese piano. Por su cabeza pasan blancas y corch…