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Desconectar a tiempo

(2014)

En la vida uno tiene que saber desconectar a tiempo. Dejar un lado el modo productivo para adentrarse en el modo de búsqueda. Contemplar un atardecer desde tu ventana. Un sol que se derrumba sobre los techos, tiñendo de tonos de color ocre las chimeneas y los tejados.
Dejar de lado las noticias vacías en el periódico electrónico y rescatar de entre los recuerdos los bosques de tu propia morada. Y dejar que el viento ponga sus manos frías en tu cuerpo, como una mujer que quisiera poseerte.
Desconectar a tiempo para no perderse la belleza que acontece cuando el color de la tarde entra en tu casa, te arrulla con su brisa, te acongoja con su somnolencia.
Que las fronteras desaparezcan en el globo terráqueo de tu cabeza. Que florezcan amapolas en el jardín de tus apariencias. Y que las barcas de lágrimas que navegan los ríos de tus entrañas encuentren su océano en tu mirada. Que la vida no sea despiadada porque sí.
Preparas primero tu mano para que tenga más poder. Con fuerza, quitas el cable que tenías enchufado en tu cabeza. Ese cable que la gente llama rutina. Lo dejas a un lado y empiezas a temblar un poco. Eso siempre sucede cuando uno se desconecta. No temas, el temblor dura poco y lo que viene es una sensación reveladora: la vida está siempre aquí y ahora.

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¿Adónde me lleva la vida?

(2016)
Me detengo. Me siento.
Tengo la sensación de tener la cabeza en muchas partes y en ninguna a la vez. Como los fragmentos de una imagen esparcidos en un lago quieto.
El tiempo se mueve al ritmo de las manecillas del reloj. Un reloj detenido es la prueba brutal de que el tiempo sigue su curso, de que tanto tiempo como espacio están en constante movimiento.
Cada día comprendo que nadie es perfecto, que la suerte ya está echada. Y que, sin embargo, todo puede cambiar.
Es la vida la que nos mata, no la muerte. Y a ella nos aferramos.

Me pongo de pie. Empiezo a andar. ¿Adónde me lleva la vida?

El pianista

(2011)

Me lo puedo imaginar. Al principio un poco tenso. No es fácil convivir con la idea de que afuera hay un público, de que el teatro está lleno. A medida que pasan los segundos, mientras se acerca al piano, se siente más relajado, más concentrado. Cuando le llegan los aplausos en oleadas casi ineludibles (al menos para él), su paso indica el andar seguro de los que saben lo que hacen.

El pianista acerca la silla al piano, se sienta. Levanta, con sensualidad trascendente, la tapa del piano, y descansa sus manos en las rodillas. Parpadea con lentitud. Parece pensar, pero en realidad está observando el piano. No obstante, ya sabemos que un pianista no es trivial y que lo que en rigor observa es la imagen de sí mismo sentado frente a ese piano. Se observa a sí mismo porque está buscando en su interior lo que todo pianista busca: el movimiento. Ese momento indicado en el que comprenderá que lo único que falta en su vida está en las teclas de ese piano. Por su cabeza pasan blancas y corch…