(2009) El día había pasado sin sobresaltos. Ya era de noche y yo viajaba en una de las líneas del Metro de París. Acomodado en uno de los asientos, las piernas cruzadas, los ojos cerrados, imaginaba que viajaba en un coche atravesando hileras de árboles. El tren se detuvo en la estación Lamarc-Coulaincourt, una oleada de gente ocupó los asientos. Alguien se sentó a mi lado. Abrí los ojos. No sé qué es lo que sentí al verlo en ese momento, pero supuse que era un espejismo y cerré los ojos. No habían pasado ni cinco segundos cuando la voz de esa presencia que se había sentado a mi lado me susurraba al oído “la vie c’est une marelle, une marelle” y luego se apagaba, dejando lugar al sonido de los vagones del Metro y el murmullo de los pasajeros. Creí reconocer la voz, que se correspondía con su apariencia, pero las leyes de la física me impedían creerla. Me sentí repentinamente abrumado. Decidí mantener los ojos cerrados. Mi decisión implicaba imaginar todo lo que sentía, imaginarlo a...
Los espejos de agua tienen su magia y su misterio. Te asomas y te ves a ti; pero si le das un pequeño toque con uno de tus dedos, sucederá un movimiento cambiante, en el que podrás ver a quien tienes detrás.
ReplyDelete