(2013)
Cuántas veces habré visto esta imagen. Cuántas veces me habré ido a dormir con esta imagen en mi mente como una nube que simplemente no pasa. Cuántas veces habré analizado esta fotografía. Cuántas veces habré reparado en la fuerza que esta imagen representa. Cómo explicar la firmeza que existe dentro de una aparente debilidad. Sino, mírenla con detenimiento. Ahí está ella, Amelia Earhart, posando delante de su avión. Amelia Earhart, la mujer, la aviadora, con esa pose delicada: observen su pierna derecha apenas flexionada, los brazos largos, los hombros relajados; la pulsera en su mano derecha. Observen cómo el pañuelo acomodado alrededor de su cuello la distingue por su género. Miren la alegría de su sonrisa infantil y profunda. En esa postura suya yo encuentro cierta debilidad, mejor dicho delicadeza, que contrasta con la potencia y virilidad que impone la máquina que se yergue detrás de ella, ese avión que ella comandaría durante vaya a saber cuántas horas, dueña de su volante, de sus alas inmóviles, de toda esa carrocería de acero. Y ahí también encuentro la distorsión de esta imagen, y comprendo, otra vez —porque siempre tiendo a olvidarlo—, que las fotografías son apariencias, meras voces que sólo hablan en la memoria. Porque ahí está ella, Amelia Earhart, la dama del aire, con esa aparente debilidad —delicadeza— que denota su pierna apenas flexionada, en sus brazos relajados, en su sonrisa profunda e infantil. Aparente debilidad porque en el fondo —quizás ya todos lo sepan y yo sólo lo comprenda ahora— esa apariencia es sólo un rasgo de su género, de su carácter femenino —el pañuelo, el cabello, su postura—, y lo que realmente he omitido fue la fuerza de su intrínseca voluntad, la potencia con la que su sueño de habitar los aires —de ser aviadora— alcanzó la superficie y le permitió llegar a ser lo que fue. Porque esa mujer es sólo aparentemente delicada en contraste con el avión que se alza detrás, porque es ella y su espíritu aventurero quien subió a ese avión, se puso el overol, se ajustó el casco y las gafas enormes de aviador y navegó los aires con la fe invulnerable de los valientes. Ahí está ella, Amelia Earhart, la dama del aire, dueña de sí misma en esta imagen que me apasiona mirar y que admiro. Y me pregunto cuántas veces seguiré mirando esta imagen, admirándola, descubriéndola.
Cuántas veces habré visto esta imagen. Cuántas veces me habré ido a dormir con esta imagen en mi mente como una nube que simplemente no pasa. Cuántas veces habré analizado esta fotografía. Cuántas veces habré reparado en la fuerza que esta imagen representa. Cómo explicar la firmeza que existe dentro de una aparente debilidad. Sino, mírenla con detenimiento. Ahí está ella, Amelia Earhart, posando delante de su avión. Amelia Earhart, la mujer, la aviadora, con esa pose delicada: observen su pierna derecha apenas flexionada, los brazos largos, los hombros relajados; la pulsera en su mano derecha. Observen cómo el pañuelo acomodado alrededor de su cuello la distingue por su género. Miren la alegría de su sonrisa infantil y profunda. En esa postura suya yo encuentro cierta debilidad, mejor dicho delicadeza, que contrasta con la potencia y virilidad que impone la máquina que se yergue detrás de ella, ese avión que ella comandaría durante vaya a saber cuántas horas, dueña de su volante, de sus alas inmóviles, de toda esa carrocería de acero. Y ahí también encuentro la distorsión de esta imagen, y comprendo, otra vez —porque siempre tiendo a olvidarlo—, que las fotografías son apariencias, meras voces que sólo hablan en la memoria. Porque ahí está ella, Amelia Earhart, la dama del aire, con esa aparente debilidad —delicadeza— que denota su pierna apenas flexionada, en sus brazos relajados, en su sonrisa profunda e infantil. Aparente debilidad porque en el fondo —quizás ya todos lo sepan y yo sólo lo comprenda ahora— esa apariencia es sólo un rasgo de su género, de su carácter femenino —el pañuelo, el cabello, su postura—, y lo que realmente he omitido fue la fuerza de su intrínseca voluntad, la potencia con la que su sueño de habitar los aires —de ser aviadora— alcanzó la superficie y le permitió llegar a ser lo que fue. Porque esa mujer es sólo aparentemente delicada en contraste con el avión que se alza detrás, porque es ella y su espíritu aventurero quien subió a ese avión, se puso el overol, se ajustó el casco y las gafas enormes de aviador y navegó los aires con la fe invulnerable de los valientes. Ahí está ella, Amelia Earhart, la dama del aire, dueña de sí misma en esta imagen que me apasiona mirar y que admiro. Y me pregunto cuántas veces seguiré mirando esta imagen, admirándola, descubriéndola.
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